Gramsci la tenía clara. Lo dijo él mismo, toda revolución ha sido precedida por un intenso trabajo de crítica, de penetración cultural, de permeación de ideas. Y hay que reconocer que la izquierda ha sabido llevar a cabo esta tarea magníficamente.
El mejor ejemplo es la Revolución Francesa, que puso patas arriba la civilización occidental. No ocurrió en un día. Fue orquestada y preparada durante décadas por un pequeño grupo de intelectuales que lograron cambiar el pensamiento de toda una sociedad.
No hace falta ser muy sagaz para ver que, a la ONU, la OMS, la UNESCO, UNICEF y demás instituciones pretendidamente buenas, realmente no les importa nada la política económica, la salud o el hambre en el mundo, si no es como excusa o herramienta para esparcir su ideología nefasta. El cambio cultural es lo que les importa.
Comentando El Príncipe, de Maquiavelo, Gramsci dice que “una parte importante del Príncipe moderno deberá estar dedicada a la cuestión de una reforma intelectual y moral, es decir, a la cuestión religiosa o de una concepción de mundo. (…) El príncipe moderno debe ser, y no puede dejar de ser, el abanderado y organizador de una reforma intelectual y moral, lo cual significa crear el terreno para un desarrollo ulterior de la voluntad colectiva nacional popular”. Gramsci entendía a la perfección la importancia de la Batalla Cultural.
Eso es exactamente lo que la izquierda, con la ayuda de los organismos internacionales, ha hecho en nuestro país. Son muchos los que han sucumbido ante el lavaje de cerebro de los progresistas. Están tan cegados que no importa cuántos hechos, evidencia, números vean. No pueden o no quieren reconocer la realidad. No quieren ver la verdad. Y sin la verdad, no existe la libertad. Son esclavos incapaces de razonar y decidir por sí mismos. La estupidez en todo su esplendor.











