Este martes falleció José "Pepe" Mujica, el ex presidente uruguayo y referente de la izquierda latinoamericana, y con él se va una figura que, lejos de ser el “sabio campesino” que nos vendieron, representó uno de los capítulos más oscuros del terrorismo en Uruguay.
Antes de ser presidente, Mujica fue un miembro activo del grupo guerrillero Tupamaros, organización responsable de múltiples actos de violencia armada en la década del 60 y 70. Lejos de la imagen de “abuelo pacifista”, participó en secuestros, asesinatos, asaltos a bancos y atentados con explosivos.

Entre sus víctimas no hubo distinción: militares, policías, civiles, incluso trabajadores inocentes. Mujica fue arrestado y pasó más de una década preso, no por pensar distinto, sino por cometer crímenes violentos contra el Estado de derecho.
Pero los medios callan. La progresía internacional lo convirtió en un ícono del “socialismo con mate”, elogiando su vida sencilla, su auto viejo y sus discursos llenos de frases hechas. ¿De qué sirve vivir con humildad cuando se tiene la conciencia manchada de sangre?









