Tal como dijo el Presidente Javier Milei en el Foro de Davos, Occidente está en peligro. Está en peligro porque desde hace décadas está traicionando su propia identidad. Ya el gran Pontífice San Juan Pablo II, vencedor del comunismo en Europa, cuando la Unión Europea discutía sobre un tratado constitucional y se pretendía, de la mano de las élites del momento, ignorar las raíces más profundas de su identidad cultural, advirtió que fue la tradición judeocristiana la que tuvo la fuerza capaz de armonizar, consolidar y promover los valores provenientes del espíritu de Grecia y de Roma y de los diversos pueblos que conformaron cada nación.
Estas raíces culturales fueron, en palabras del Papa polaco, "la aportación intelectual y espiritual más característica que ha forjado la identidad europea a lo largo de los siglos y pertenecen al tesoro cultural propio de este continente" (Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II a los participantes en un congreso sobre la nueva constitución europea, 20 de junio de 2002). Como dice nuestro Presidente, se trata de las ideas "que hicieron de Occidente la hazaña civilizatoria más imponente de la historia de la humanidad".
Nos advertía el Presidente en Davos que, a pesar del valor inestimable de estas raíces tan profundas, la élite intelectual que gobierna las naciones occidentales se está entregando a una ideología colectivista y globalista, que pretende —entre otras cosas— borrar la frontera entre las naciones, enemistar a los distintos sujetos sociales y llevar el odio de clase a la relación del varón con la mujer y de las diversas razas entre sí. Esto ha sido posible porque, en palabras de Javier Milei, "los neo-marxistas han sabido cooptar el sentido común de occidente".
La máxima expresión del proyecto ideológico colectivista es la Agenda 2030 que, con "objetivos de desarrollo" que, tal como están formulados, no levantan sospecha alguna —"fin de la pobreza", "reducción de las desigualdades", "alianzas para lograr los objetivos"—, esconden en realidad pretensiones inmorales y perjudiciales para los hombres del mundo entero, como la promoción y legalización del aborto, el control poblacional a través de la vigilancia electrónica y la gobernanza global en manos de burócratas sin legitimación popular.
En este contexto global, la Argentina, una recóndita república del Sur del mundo que ha bebido hasta la embriaguez de la copa de esta ideología, ha despertado de su letargo y mientras empieza el camino de su recuperación sufriendo los inevitables efectos de la resaca pero con la esperanza inalterada, se lanza audazmente a la construcción y reedificación de un modelo cultural que le permita retomar sus raíces y regresar al camino de la libertad.
Es por eso que esta Administración está convencida de que la Argentina tiene mucho para dar al mundo en cuanto a estos principios y valores de la civilización universal. Nosotros, que hemos sufrido todos los errores de esta ideología y que ya iniciamos la terapia de recuperación, podemos transmitir al mundo nuestra experiencia. Así como el adicto recuperado le cuenta a los demás lo difícil que es salir de su vicio pero lo importante y provechoso que es retomar la senda de la verdadera libertad, así también nosotros queremos profundizar en el esclarecimiento de estos principios civilizadores y poder llevarlos a los distintos países del mundo, como parte de nuestras relaciones exteriores.
Por eso una Secretaría de Culto y Civilización, dentro de la importantísima cartera de Cancillería, bajo la firme conducción de Diana Mondino. Porque la Argentina no sólo tiene para darle al mundo yerba mate, fútbol y soja. También tiene un talento humano, un producto intelectual que es preciso destacar, promover y difundir. La mejor prueba de ello es la relevancia internacional que ha adquirido en estos meses la figura de nuestro Presidente, como líder moral de esta tendencia general humana que penetra y permea en todos los países, clases, partidos y contextos y que clama por una mayor libertad y un menor control del poder político global y local sobre nuestras vidas y nuestros pensamientos.
¿Cuáles son, entonces, esos principios y valores de la civilización universal que, como reza el Decreto PEN n° 764/2024 que crea la Secretaría, se encuentran presentes en la Constitución Nacional? No se pueden desarrollar aquí todos exhaustivamente, pero comentaremos tres de los más esenciales.








