La Corte Interamericana de Derechos Humanos está envuelta en un escándalo del que depende su prestigio y por lo tanto, su existencia. Debe resolver el caso Beatriz vs. El Salvador, un fraude sospechado de conflicto de intereses y prevaricato que pone en riesgo el derecho a la vida y la seguridad jurídica de la Región.
En 2013 Beatriz, una joven embarazada con lupus de El Salvador, recibió el diagnóstico de que su bebé padecía una discapacidad grave, anencefalia.
Activistas feministas abusaron psicológicamente de ella y la traumatizaron con la mentira de que moriría si no abortaba para que solicite un aborto en un país donde no es legal. Es más, interrumpir el embarazo hubiera puesto en peligro su vida por una cicatriz reciente del útero. Es decir, la manipularon.
En 2020 las cuatro ONG que usaron a Beatriz llevaron el caso a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que lo presentó a la Corte IDH. Es a todas luces un fraude, un caso armado con el objetivo explícito de legalizar el aborto en todo el Continente.
Tres gobiernos europeos y tres grandes ONG repartieron más de 88 millones de dólares entre quienes denuncian -las cuatro ONG peticionarias- y quienes juzgan -la CIDH, que oficia como fiscal internacional y la Corte que juzga a los estados miembros-. Juez y parte están financiados por las mismas entidades que explícitamente promueven el negocio del aborto. España, Suecia y Alemania, Open Society de Soros, Ford Foundation y hasta Save The Children contra El Salvador.
Es una industria que mueve millones: misoprostol, mifepristona, cánulas, aspiradoras, anticonceptivos, guías y capacitaciones que vende en todo el mundo IPAS, uno de los peticionarios, compradas masivamente por el sector privado y por el sector público cuando logra hacerse pasar por "derecho".











