Durante décadas, la imagen dominante de la civilización maya la presentaba como un pueblo de campesinos dispersos que solo se acercaba a las grandes construcciones para ceremonias ocasionales. Esa visión, heredada en buena parte de los escritos del fraile español Diego de Landa en el siglo XVI, está siendo desarmada por el trabajo de campo de Diane y Arlen Chase en Caracol, una antigua metrópolis escondida en la selva de Belice.
Los Chase, arqueólogos de la Universidad de Houston, llevan casi cuatro décadas excavando el sitio. Su hijo Adrian, también arqueólogo, se sumó al equipo. Cuando llegaron en 1987, casi no se veían templos ni estructuras. El lugar había permanecido prácticamente intacto porque los españoles nunca llegaron hasta allí y porque la densa vegetación lo mantuvo oculto hasta que un maderero lo redescubrió en 1937.
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Antes de instalarse en Caracol, la pareja había trabajado en Santa Rita Corozal, cerca de la frontera con México. Allí hallaron herramientas de obsidiana en muchas viviendas de gente común. Ese material volcánico solo se conseguía en regiones lejanas. La cantidad encontrada hizo poco creíble la idea de que las élites controlaban por completo la economía y repartían los bienes como regalos. Era más lógico pensar en mercados abiertos donde la población tenía acceso a productos importados.












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