Un equipo liderado por Julia Gresky descubrió tumbas con restos humanos bien conservados en el sitio neolítico de Turquía, datadas entre 8700 y 8000 a.C., lo que sugiere ocupación residencial y no solo ritual.
Un grupo de investigadores encabezado por Julia Gresky, del Instituto Arqueológico Alemán, halló en Göbekli Tepe varios entierros humanos que permanecieron intactos durante milenios. El descubrimiento, realizado en el sureste de Turquía, aporta datos frescos sobre uno de los sitios más enigmáticos del Neolítico temprano.
Las imponentes estructuras y pilares del lugar fueron erigidos por comunidades de cazadores-recolectores en distintas etapas entre 9600 y 8200 antes de Cristo. Hasta ahora, las excavaciones en algunos edificios habían recuperado solo fragmentos óseos mezclados con escombros, lo que generaba interpretaciones diversas sobre su origen.
Entre los hallazgos más relevantes se encuentra un foso de forma arriñonada que contenía los restos de una mujer, un joven y una adolescente. En otro sector apareció el esqueleto de una mujer joven depositado en posición flexionada, dentro de una tumba individual. Estas sepulturas fueron datadas entre aproximadamente 8700 y 8000 a.C.
Los especialistas observaron que los huesos de estos entierros presentaban fracturas, estaban cubiertos por depósitos de calcio y mostraban marcas de roedores. Esas mismas características se repiten en los fragmentos óseos hallados antes dentro de los edificios.
Posibles orígenes de los restos dispersos
Gresky y su equipo proponen que los huesos sueltos encontrados en las construcciones podrían haber sido depositados allí como parte de prácticas rituales. Otra explicación posible es que la erosión y los deslizamientos de tierra hayan arrastrado material desde tumbas ubicadas en zonas más altas del montículo.
La similitud entre el estado de conservación de los esqueletos intactos y el de los fragmentos dispersos refuerza la idea de que ambos conjuntos tienen un origen común. Esta coincidencia obliga a revisar las hipótesis previas sobre el significado de los restos humanos en el sitio.
El hallazgo también abre una discusión más amplia sobre la función de Göbekli Tepe. Durante años se sostuvo que el lugar servía únicamente como centro ceremonial donde grupos se reunían de manera temporal. La presencia de entierros formales sugiere, en cambio, que algunas personas podrían haber residido de forma más permanente en el entorno inmediato.
Esa posibilidad no elimina el carácter ritual del complejo, pero agrega una capa de complejidad a su interpretación. Vivir y enterrar a los muertos en el mismo espacio implica una relación cotidiana con las estructuras monumentales que va más allá de encuentros esporádicos.
Implicancias para el estudio del Neolítico
Göbekli Tepe sigue siendo un referente clave para comprender la transición de sociedades cazadoras-recolectoras hacia formas de organización más complejas. Los nuevos datos sobre prácticas funerarias aportan información concreta sobre cómo esas comunidades trataban a sus muertos y qué vínculos mantenían con el paisaje construido.
La investigación, publicada en la revista PLOS One, invita a seguir excavando con atención a contextos funerarios que hasta ahora habían pasado desapercibidos. Cada tumba intacta ofrece una ventana directa a la biografía de individuos que habitaron el sitio hace más de diez mil años.
Los restos recuperados permitirán, además, análisis osteológicos y de isótopos que podrían revelar dietas, movilidad y estado de salud de las personas sepultadas. Esos estudios complementarios resultarán fundamentales para reconstruir la vida cotidiana en un momento decisivo de la prehistoria.
En definitiva, el descubrimiento de entierros bien conservados en Göbekli Tepe no solo enriquece el registro arqueológico del sitio, sino que obliga a replantear si aquellas imponentes construcciones fueron solo escenarios de rituales o también espacios de residencia y memoria colectiva.