Hace unos 14.400 años, un pequeño grupo de personas se aventuró en las profundidades de la cueva de Bàsura, en el norte de Italia. Lo sorprendente es que no iban solos: los acompañaba un perro. Un reciente estudio reconstruyó este recorrido subterráneo, uno de los más antiguos conocidos en Europa, y reveló detalles fascinantes sobre cómo se movían en la oscuridad total durante la última Edad de Hielo.
Los investigadores combinaron arqueología, análisis de polen, estudios de carbón y experimentos prácticos para entender la travesía. La cueva, ubicada cerca de Toirano en Liguria, conserva huellas humanas y de cánidos fosilizadas, junto con restos de carbón en paredes y techos. Esto permitió armar el rompecabezas de una exploración que duró alrededor de dos horas y cubrió unos 800 metros.
El paisaje de la época era frío y seco, con estepas y pinares dispersos. En la llamada “Sala de los Misterios”, aparecieron decenas de fragmentos de carbón, la mayoría de ramas jóvenes de pino silvestre. Esto cambió una idea que se tenía desde hace décadas.
La luz que usaban en la oscuridad
En lugar de grandes antorchas, como se creía antes, el grupo usaba pequeñas ramas de pino encendidas como fuentes de luz portátiles. Eran ramas delgadas, de menos de tres centímetros de diámetro, fáciles de conseguir en el entorno y muy efectivas.

Para confirmar esta hipótesis, los científicos hicieron pruebas en una cueva similar. Cinco voluntarios, número parecido al estimado del grupo prehistórico, usaron ramas secas de pino. Los resultados fueron claros: dos ramas bastaban para iluminar el camino de todo el grupo, con una visibilidad de hasta 10 metros una vez que los ojos se adaptaban a la penumbra.
Las llamas producían poco humo y menos deslumbramiento que una antorcha tradicional. Esto facilitaba moverse por túneles estrechos. La mejor forma era llevar una luz adelante y otra atrás, mientras caminaban con una mano apoyada en el hombro de la persona de adelante para no perderse.
Combustible preciso para la expedición
Cada rama se consumía a razón de unos cuatro centímetros por minuto. Según los cálculos, necesitaron alrededor de 20 ramas de 30 centímetros para ir y volver hasta la Sala de los Misterios. Las marcas de carbón que dejaron en los experimentos coincidían exactamente con las encontradas en las paredes de la cueva real.
Este hallazgo muestra que los humanos del Paleolítico Superior desarrollaron una tecnología simple pero muy eficaz. Las ramas de pino eran livianas, duraban lo suficiente y generaban poco humo, lo ideal para explorar cuevas profundas. Además, la presencia del perro sugiere que ya existía una relación cercana entre humanos y cánidos en esa época.
Las primeras excavaciones en Bàsura datan de los años 50, cuando algunos pensaban que las huellas eran de neandertales. Luego, dataciones por radiocarbono confirmaron que pertenecían al período Epigravetiense, en las etapas finales de la glaciación. El proyecto “Bàsura Revisited”, iniciado en 2016, permitió este nuevo entendimiento con técnicas modernas.
En definitiva, este estudio no solo reconstruye un momento clave de la prehistoria, sino que destaca la ingenio de nuestros antepasados para enfrentar entornos hostiles con recursos del entorno. Una hazaña que sigue sorprendiendo miles de años después.