El año pasado, un periodista acompañó a dos arqueólogos hasta el interior de la cueva de El Castillo, en el norte de España. Allí, entre hace 13.000 y 41.000 años, grupos de artistas paleolíticos se adentraron con antorchas y lámparas rudimentarias para grabar y pintar animales, discos rojos, siluetas de manos y motivos geométricos. Casi tres mil de esas marcas siguen legibles. “Si el registro paleolítico fuera un libro, en El Castillo tenemos prácticamente todos los capítulos”, explicó Eduardo Palacio Pérez.
Hoy la zona profunda, más allá de la luz natural, ya no es peligrosa: los osos cavernarios se extinguieron hace más de 24.000 años y la gruta se equipó con escaleras e iluminación eléctrica en los años cincuenta. Aun así, los investigadores entraron por un pasillo vedado al público y se detuvieron frente al Panel Policromo, donde generaciones superpusieron manos y siluetas de animales en carbón negro y ocres rojos, naranjas y marrones.
Diego Garate, profesor de la Universidad de Cantabria, recordó que para los estudiosos la pared es sagrada y no se toca. Para la gente del Paleolítico, en cambio, la relación era íntima. De hecho, científicos del Instituto Max Planck lograron recuperar ADN humano antiguo de algunas de esas superficies decoradas.
Desde el hallazgo de los bisontes de Altamira en 1879, la pregunta por el motivo de este arte en lugares tan riesgosos ha generado teorías muy distintas: tótems clanicos, símbolos de fertilidad o marcas de chamanes en estados alterados. Muchos ven en estas creaciones el momento en que Homo sapiens alcanzó la modernidad conductual gracias a un pensamiento simbólico y abstracto.









