Científicos japoneses combinaron un poema del año 1204 con anillos de árboles enterrados y confirmaron ciclos solares más cortos e intensos que generaron auroras visibles en latitudes inusuales como Kioto.
Un equipo de investigadores del Instituto de Ciencia y Tecnología de Okinawa logró reconstruir la actividad del Sol a principios del siglo XIII gracias a una combinación inusual de arte y ciencia: un poema japonés y los anillos de árboles enterrados en el norte de Japón.
Los resultados muestran que en esa época lejana el Sol atravesaba ciclos mucho más cortos que los actuales, de unos 6 o 7 años en lugar de los 11 habituales, pero con una intensidad extrema.
Esto generó fenómenos poco comunes, como auroras visibles en latitudes más bajas de lo normal.
El poeta Fujiwara no Teika dejó un registro clave en su diario Meigetsuki. En 1204 describió “luces rojas en el cielo sobre el norte de Kioto”, un lugar demasiado al sur para ver auroras en condiciones normales.
Lo que contaron los árboles
Los anillos de troncos de árboles enterrados proporcionaron la confirmación científica. Al analizar los correspondientes al invierno de 1200 y la primavera de 1201, los investigadores detectaron un aumento notable de los niveles de carbono-14.
Este isótopo se forma cuando las partículas cargadas del Sol interactúan con la atmósfera terrestre. Los datos coincidieron con los niveles elevados de berilio-10 encontrados en capas de hielo de la misma época.
Además, registros históricos chinos de la época también mencionan luces rojas en el cielo, lo que refuerza la idea de un evento solar poderoso.
Hoy en día, las auroras suelen limitarse a las zonas polares porque el campo magnético de la Tierra actúa como un escudo. Pero cuando la actividad solar es muy intensa, esas partículas logran llegar más lejos y generan el espectáculo luminoso en regiones inesperadas.
Explosiones de protones y ciclos inusuales
Las llamaradas solares y las eyecciones de masa coronal liberan grandes cantidades de partículas cargadas. En el siglo XIII, estos eventos fueron especialmente fuertes, incluso posiblemente durante un mínimo solar, algo que los científicos aún intentan explicar.
Lo curioso del caso es que no ocurrió en el pico del ciclo, sino que parece haberse dado cerca de un período de menor actividad, lo que genera nuevas preguntas sobre el comportamiento del Sol en esa etapa medieval.
El carbono-14 presente en los árboles permitió no solo datar con precisión el momento sino también medir la magnitud del evento. Las plantas incorporan este isótopo durante la fotosíntesis, y al morir los árboles quedó registrado en sus anillos como una huella del bombardeo cósmico.
Este tipo de estudios demuestra cómo fuentes aparentemente desconectadas, como la poesía antigua y la dendrocronología, pueden unirse para revelar secretos del pasado solar.
Los ciclos solares actuales son más estables y predecibles, pero entender estos episodios extremos ayuda a los científicos a anticipar posibles impactos en la tecnología moderna, como satélites o redes eléctricas.
El Sol del siglo XIII estaba especialmente activo, y gracias a un poeta y a unos árboles que permanecieron enterrados durante siglos, hoy podemos conocer mejor esa historia.