Pintura que muestra a un grupo de soldados montados a caballo, vestidos con uniformes militares de época, en actitud de marcha o preparación para la batalla
OPINIÓN

Orientalidad frente al uruguayismo decadente

Repaso por el federalismo fundador de esta tierra.

República Oriental del Uruguay. Nombre de un estado que a día de hoy oprime a un pueblo que supo ser la cuna del federalismo sudamericano, un pueblo que nace en un territorio en constantes disputas internacionales y siempre ha reclamado su autonomía y libertad. Luchadores de la “revolución oriental” inspirada en la mayor revolución política de la historia, la revolución americana.

¿Cómo pasamos de ser un pueblo abrazado a los valores de autonomía, libertad y rebeldía frente a poderes internacionales como el español, el portugués, el brasilero o el porteño, a ser un pueblo decadente, espiritualmente gris, afrancesado y laboratorio de los poderes internacionales en la región? La respuesta a esta pregunta se halla en la transformación de nuestra propia identidad patriótica, cuando dejamos de ser “orientales” y pasamos a ser “uruguayos”.

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Nuestro cambio de identidad se debe profundamente al poder hegemónico del putrefacto, estatista y globalista partido colorado en la historia de la llamada República Oriental del Uruguay. Para empezar, nuestra identidad nacional actual se forja en el centralismo montevideano. Doctores intelectualoides tecnócratas encerrados en un escritorio privilegiado en Montevideo, intentando dirigir completamente un país que no conocían, respaldados por el cobarde y traidor a la patria Fructuoso Rivera.

Retrato antiguo de un hombre con uniforme militar y charreteras
Rivera. | Redacción

Nuestra identidad nacional se forja lamentablemente del triunfo del cosmopolitismo egocéntrico del montevideano por sobre el espíritu libre de las comunidades campestres. Unitarismo montevideano que se sostiene hasta nuestros días, donde la verdadera descentralización y autonomía de los pueblos es remplazada por oficinas burocráticas dirigidas por caciques ladrones y oficinistas sin espíritu llamadas “intendencias”.

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El uruguayismo nace en contraposición a la orientalidad: buscaba la consolidación de un estado nacional que oprima a los habitantes de la provincia oriental, mientras que la orientalidad representaba verdadera autonomía nacional y confederalismo con provincias hermanas.

Todo se acaba por degenerar en la construcción de nuestra propia cultura política. Tras años de disputa, los triunfos sobre la misma pertenecen al ya descrito putrefacto partido colorado, pero con un nuevo impulso de mediocridad, estatismo y socialdemocracia mediante el batllismo.

La construcción de nuestra cultura política está marcada por una veneración a las instituciones estatales y un culto a la mediocridad y a la tibieza, donde el uruguayo decae profundamente en un abismo donde los poderes estatales lo saquean y destruyen de forma lenta y paulatina. Cuál rana que cocinan en una olla a fuego muy lento, que al no detectar cambios bruscos de temperatura, no nota que está siendo cocinada y no aspira a “saltar de la olla”.

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Toda resistencia política que a lo largo de los años funcionó con cierto grado de resistencia al batllismo dominante, hoy en día ha padecido ante su poder cultural, lo venera y lo expande. Este es el caso actual del Partido Nacional.

El pueblo uruguayo, o mejor dicho, oriental, precisa de una refundación identitaria. Volver a despertar aquel espíritu liberador, federal y autonomista que hoy en día se encuentra profundamente tapado por una cultura política sostenida por las oligarquías nacionales.

Necesitamos romper con la partidocracia reinante, volver a los fundamentos básicos de la patria y gritar una vez más:

¡LIBERTAD, ORIENTALES!

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