El pasado domingo 25 de mayo, en Buceo, un doble homicidio sacudió al país. Un hombre de 66 años y una mujer de 57 murieron atropellados por un descerebrado criminal que, totalmente consciente, corría picadas a toda velocidad. Sabía lo que hacía. Sabía el riesgo. Y, aun así, lo hizo. Por lo tanto, no fue un accidente: fue un asesinato.
Mientras cruzaban Bulevar Batlle y Ordóñez y Neyra, sus vidas fueron destruidas en segundos por un irresponsable al volante. Y también por un Estado ausente, cómplice por omisión, que hace años no está a la altura para enfrentar esta epidemia de muertes evitables. Las picadas no son nuevas. Son el síntoma más ruidoso del fracaso de las autoridades.
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