En un país que se jacta de su democracia consolidada, la designación de una profesional del derecho en el Comando General del Ejército se ha convertido en el pretexto perfecto para una caza de brujas.
La abogada Graciela Lourdes Figueredo Vázquez, con una trayectoria impecable de servicio como reservista incorporada, fue ratificada el 11 de mayo de 2025 por resolución de la ministra de Defensa Nacional, Sandra Lazo, como asesora jurídica del comandante en jefe del Ejército, general Mario Stevenazzi.
Una decisión técnica, administrativa y legítima. Pero para ciertos sectores de la izquierda militante —esos que se autoproclaman guardianes exclusivos de la “memoria” y el “Nunca Más”— eso es intolerable. Porque Figueredo no piensa como ellos.
Porque ha defendido, con rigor jurídico, a militares y policías procesados o condenados por hechos del pasado. Y porque, en foros y análisis públicos, ha cuestionado la solidez probatoria de algunas causas de lesa humanidad, sosteniendo que los testimonios no pueden erigirse en verdad revelada cuando faltan pruebas materiales.
La reacción no se hizo esperar. Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos emitió un comunicado lapidario: denuncian, repudian y exigen, en la práctica, la cabeza de la abogada. La acusan de “chicanas” para prolongar procesos y de poner “en jaque la narrativa institucional de compromiso democrático”.
Traducción: quien no comulgue con su versión única de la historia reciente no merece estar cerca del comandante en jefe del Ejército. No importa que Figueredo haya prestado servicios en el propio Comando General hasta su retiro obligatorio por edad en febrero de 2025.
No importa que su designación como reservista incorpore un sueldo militar pagado con rentas generales, en un marco perfectamente legal. Lo que importa es su pensamiento. Su pecado original: haber ejercido la defensa técnica de clientes que, para ellos, son “represores” sin matices ni derecho a defensa.
Esto no es un debate sobre derechos humanos. Es persecución política pura y dura, disfrazada de moralina. La misma izquierda que hoy ocupa el Ministerio de Defensa —bajo un gobierno del Frente Amplio— ve con pánico que en las Fuerzas Armadas sobreviva alguien que no repita el mantra oficial.









