En la madrugada del lunes 8 de junio, la ruta 3 amaneció distinta. No era el tránsito habitual de camiones que llevan la vida del país. Era un río de luces rojas detenidas, tractores con banderas improvisadas y rostros curtidos por el sol y por algo peor: el cansancio de quien produce y ve cómo el Estado le roba, una y otra vez, el fruto de su esfuerzo.
Cientos de hortícolas de Salto, transportistas autoconvocados, productores citrícolas y camioneros de todo el interior se plantaron allí, en La Gaviota, y en otros veinte puntos del país: Nueva Palmira, Rivera, Tacuarembó, Rocha.
No gritaban consignas de partido. Gritaban con el silencio de sus máquinas paradas.
Porque ya no hay margen.
El gasoil subió otra vez. Nadie en Montevideo parece entender que ese aumento no es un número en una planilla del ministerio: es el costo de cada kilómetro que recorre un camión cargado de tomates, cebollas o naranjas desde el campo hasta la mesa del uruguayo.
Es el precio que paga el hortícola que se levanta antes del alba para regar, podar y cosechar, y que al final del mes ve cómo el Estado se lleva, a través de impuestos disfrazados de “precios internacionales”, una porción cada vez más grande de lo poco que le queda.













