A mediados del siglo XX, el análisis del crecimiento económico experimentó un giro fundamental con el trabajo casi simultáneo de Robert Solow y Trevor Swan, quienes desarrollaron lo que hoy conocemos como el modelo de crecimiento neoclásico. Este modelo buscaba corregir las inestabilidades dinámicas de los modelos previos de Harrod y Domar, que se caracterizaban por una estructura inestable y altamente sensible a los supuestos sobre la relación capital-producto.
El aporte de Swan, en paralelo al de Solow, consistió en una formulación matemática rigurosa del sendero de crecimiento equilibrado. Swan introdujo un modelo donde la tasa de crecimiento de largo plazo está determinada por el crecimiento tecnológico exógeno y el crecimiento poblacional, bajo supuestos de rendimientos decrecientes del capital físico. Su versión australiana del modelo fue menos difundida que la de Solow, pero conceptualmente análoga y clave para la formalización de las trayectorias de crecimiento de equilibrio.

Sin embargo, al aplicar empíricamente su modelo al caso estadounidense, Solow descubrió un resultado sorprendente: la acumulación de capital físico per cápita no lograba explicar la mayor parte del crecimiento económico observado en el período analizado. La porción no explicada, que posteriormente se denominó "residuo de Solow", indicaba la existencia de otros factores más allá del capital y el trabajo. Esa brecha no podía ser ignorada: el modelo fallaba al explicar los motores más relevantes del crecimiento económico real. A partir de allí, surgió la necesidad de incorporar nuevas variables explicativas.
El surgimiento del capital humano: Becker y Uzawa
Frente al desafío de explicar el residuo del modelo de Solow, el Departamento de Economía de la Universidad de Chicago, bajo la dirección de George Stigler, propuso avanzar en la introducción del capital humano como nueva variable explicativa. Esta idea dio lugar a dos líneas de investigación fundamentales.
En el ámbito microeconómico, Gary Becker desarrolló una teoría sistemática del capital humano. Si bien su tesis doctoral (The Economics of Discrimination) abordó temas de discriminación en el mercado laboral, su obra posterior, en especial el libro Human Capital, sentó las bases para un análisis económico del comportamiento humano más allá de los mercados tradicionales. Becker trató al capital humano como una forma de inversión, comparable al capital físico, donde la educación, la salud, la experiencia y la capacitación laboral incrementan la productividad del individuo.

Becker introdujo funciones de producción individuales que permitían modelar cómo las decisiones privadas sobre acumulación de habilidades afectan la productividad marginal del trabajo y, por extensión, el crecimiento agregado. Su enfoque integró herramientas de la microeconomía neoclásica y la teoría del consumo intertemporal, anticipando muchas de las dinámicas luego formalizadas en los modelos de crecimiento endógeno. Este análisis permitió entender por qué países con igual dotación de capital físico podían tener trayectorias de crecimiento divergentes: la clave estaba en la acumulación de capacidades humanas.
Desde el enfoque macroeconómico, Hirofumi Uzawa desarrolló un modelo de crecimiento que incorporaba explícitamente al capital humano como un factor acumulable en la función de producción agregada. Su formulación permitía generar crecimiento sostenido incluso sin progreso tecnológico exógeno, dado que el capital humano podía incrementarse a través de la asignación de tiempo al aprendizaje y la formación.










