La presidente mexicana Claudia Sheinbaum rompió las relaciones con Ecuador y condicionó su restablecimiento a la salida del presidente Daniel Noboa. Esta decisión llegó tras la intervención policial en la embajada mexicana en Quito, donde fue detenido el exvicepresidente Jorge Glas.
Lejos de una resolución diplomática, Sheinbaum transformó un desacuerdo bilateral en una cruzada ideológica. La mandataria ha seguido la línea de su antecesor Andrés Manuel López Obrador, pero ahora la ha endurecido, exigiendo afinidad ideológica para mantener relaciones con otros países.
La presidenta socialista justificó su decisión alegando una “violación a la soberanía” mexicana. Sin embargo, ignoró el hecho de que Glas tenía condenas por corrupción, lo que convierte su asilo en un gesto político más que humanitario. Esta postura deja en evidencia que, para el gobierno mexicano, los perseguidos políticos solo valen si son de su bando.
Al mismo tiempo que México acude a tribunales internacionales, usa el rompimiento diplomático como un castigo político. Lo que debería ser un canal de diálogo se convierte en una herramienta de presión ideológica. La diplomacia se diluye entre caprichos ideológicos y favoritismos partidarios.














