En una jornada que quedará grabada en los anales de la historia republicana, el pasado domingo 31 de mayo, Colombia dio un paso decisivo hacia la recuperación de su institucionalidad. El triunfo inapelable del abogado Abelardo de la Espriella en la primera vuelta presidencial ha dejado en evidencia el pánico que reina en los sectores de la ultra izquierda. Ante la inminente derrota del progresismo, el presidente Gustavo Petro, en un estado de evidente alteración y delirio, ha volcado su frustración en redes sociales, lanzando ataques personales y acusaciones temerarias contra el vencedor y los millones de ciudadanos que respaldaron su propuesta de seguridad y prosperidad.
Desde la plaza pública en Barranquilla, en medio de un ambiente de júbilo patriótico, Abelardo de la Espriella fue enfático al denunciar las maniobras oscuras que el ejecutivo pretende implementar para perpetuarse en el poder: “Petro y su marioneta, lo he venido advirtiendo desde antes de la campaña, pretende robarse la democracia”. En un acto de valentía civil, el candidato derechista hizo un llamado directo a las instituciones: “Le pido a las fuerzas armadas que recuerden su juramento a la Constitución. Si ustedes lo cumplen, este par de dementes no lograrán sus sucios propósitos”.
La reacción del mandatario comunista no se hizo esperar, respondiendo con una extensa y errática publicación donde, lejos de asumir la derrota de su modelo, se dedicó a victimizarse y a tildar de criminales a sus opositores. Petro afirmó de manera alucinante: “Se me promete la cárcel solo por mi posición política progresista en favor del pueblo”, al tiempo que calificó el proyecto de De la Espriella como un “fascismo mafioso” vinculado al expresidente Álvaro Uribe. En su retórica divisiva, el presidente llegó a comparar la situación de Colombia con los “holocaustos” de Europa, China, Chile, Uruguay y Argentina, responsabilizando a sus contradictores de una supuesta gobernanza paramilitar que habría dejado 200.000 muertos.
Dentro de sus ataques más infundados, el mandatario alegó, sin presentar prueba alguna, que la campaña ganadora recurrió a la compra de votos masiva, cifrando los pagos entre 150.000∗∗y∗∗200.000 pesos por sufragio. Con un marcado sesgo de resentimiento de clase, Petro intentó ridiculizar el origen del candidato de Defensores de la Patria, contrastando su propia supuesta ascendencia de “hijo de campesinos” con la “familia terrateniente” de su rival. Incluso, se regocijó en cifras locales para intentar mitigar su fracaso nacional, señalando que en Sahagún y en el departamento de Córdoba, el líder opositor obtuvo 260.000 votos frente a los 360.000 del sector oficialista.









