La OMS informó más de 1.300 muertes vinculadas al calor extremo desde el 21 de junio, mientras 191 millones de personas soportan temperaturas superiores a los 35 °C y 22 países permanecen en alerta.
Europa atraviesa una de las olas de calor más extremas y devastadoras de su historia reciente, un fenómeno que ha puesto en alerta roja a al menos veintidós países y que amenaza la salud de millones de ciudadanos. Según datos oficiales de la Organización Mundial de la Salud (OMS), desde el 21 de junio se han contabilizado más de 1.300 muertes adicionales en el continente vinculadas directamente al repunte térmico.
El director general de la entidad, Tedros Adhanom Ghebreyesus, fue tajante al advertir que “150 millones de personas viven bajo un calor extremo, cientos han fallecido, las escuelas están cerradas y las redes eléctricas están colapsando”. Las proyecciones más recientes elevan a 191 millones el número de personas que soportan temperaturas superiores a los 35 °C.
Imágen de la ola de calor en Paris
La magnitud del desastre ha llevado a líderes políticos a comparar la situación con los momentos más oscuros de la historia reciente. El ministro belga de Salud y Medio Ambiente, Yves Coppieters, afirmó que nos encontramos ante una “crisis sanitaria similar a la que vivimos con el Covid-19”.
El funcionario denunció que, tras solo cinco días de calor intenso, “los principales pilares estructurales de la sociedad se están desmoronando”, afectando desde el transporte público hasta la operatividad de las residencias de ancianos y el sistema educativo.
En términos meteorológicos, este infierno terrestre es provocado por un fenómeno conocido como “bloqueo Omega”, el cual atrapa una masa de aire caliente sobre la región e impide el ingreso de frentes frescos, elevando los termómetros entre 16 y 18 °C por encima de lo habitual. Esta configuración ha pulverizado récords históricos en múltiples naciones:
Alemania: Registró un pico máximo de 41,7 °C en Coschen y 41,5 °C en Möckern-Drewitz.
España: Alcanzó los 42,7 °C en Bilbao, mientras que en Andalucía se superaron los 45 °C.
República Checa: Marcó un hito histórico de 41,1 °C en Doksany.
Polonia: Reportó un récord de 40,5 °C.
Suiza: Basilea registró 39 °C, batiendo récords por tres días consecutivos.
Dinamarca: Alcanzó los 37 °C en Aarhus, su temperatura más alta desde 1874.
El impacto en la salud pública, definido por la Organización Meteorológica Mundial (OMM) como el “asesino silencioso”, se manifiesta a través del estrés térmico.
Imágen de la ola de calor en Italia
Este ocurre cuando el cuerpo absorbe más calor del que puede liberar, una situación crítica cuando las temperaturas nocturnas no permiten la recuperación física. Lachlan McIver, asesor de la OMS, explicó que “la exposición prolongada... significa que el cuerpo comienza cada día ya estresado”.
En Francia, la situación es particularmente alarmante, con cerca de 1.000 muertes adicionales registradas durante esta crisis.
La infraestructura europea ha demostrado no estar a la altura del desafío. En Alemania, la autopista A7 sufrió fracturas en el asfalto y el operador Deutsche Bahn debió cancelar viajes por daños en rieles.
En Austria, la deformación de las vías férreas también generó interrupciones masivas, mientras los servicios de emergencia en Viena vieron un incremento del 15% en sus llamadas.
Incluso en París, se reportaron incidentes graves como el de un conductor de autobús que se desmayó al volante, en vehículos donde la temperatura alcanzó los 46 °C según denuncias sindicales.
En medio del caos, la energía solar ha surgido como un paliativo esencial. En el Reino Unido, los 1,9 millones de hogares equipados con paneles solares han podido alimentar sistemas de aire acondicionado hasta por cinco horas diarias sin coste adicional.
Sin embargo, este alivio individual reabre el debate sobre la sostenibilidad ambiental y el efecto isla de calor urbana, ya que el calor expulsado por los equipos domésticos puede elevar las temperaturas nocturnas en los centros urbanos hasta 4 °C por encima de las zonas rurales.
Mientras la Unión Europea planea la eliminación de gases refrigerantes nocivos para 2032, la realidad actual es una carrera por la supervivencia donde, según el investigador Yuli Shan, “defendernos del calor extremo agrava aún más el problema”.