El nuevo marco climático del el IPCC dejó atrás las predicciones extremas que durante años sirvieron para justificar regulaciones, impuestos verdes y campañas de miedo global.
El panel climático de la ONU, el IPCC, publicó una nueva serie de escenarios futuros en la que dejó atrás las predicciones apocalípticas que durante años alimentaron la agenda verde global. Esos escenarios, utilizados para instalar la idea de una catástrofe climática inevitable, ahora son considerados poco plausibles y tratados como un "ejercicio hipotético" en vez de que una proyección realista.
Durante más de una década, dirigentes políticos, burócratas internacionales, medios de comunicación y activistas climáticos usaron esos modelos extremos, ahora descartados, para justificar restricciones económicas, aumentos de impuestos, regulaciones contra la producción y campañas de miedo contra la población. El mensaje era siempre el mismo: si los ciudadanos no aceptaban más control estatal, el planeta avanzaba hacia el colapso.
El problema es que buena parte de esa narrativa se apoyaba en escenarios de emisiones extremadamente altos, conocidos en el debate climático como RCP8.5 y SSP5-8.5. En términos simples,eran modelos que imaginaban un futuro casi absolutamente irreal de película apocalíptica: consumo masivo de carbón, emisiones disparadas y un calentamiento muy superior al que hoy se considera probable.
Ahora, el nuevo esquema de escenarios que servirá de referencia para futuros informes climáticos reconoce que esas trayectorias extremas ya no son plausibles. En otras palabras, el escenario que durante años fue presentado como una amenaza concreta empieza a quedar relegado como lo que muchos críticos señalaban desde hace tiempo: una hipótesis exagerada usada para empujar una agenda política.
Esto no significa negar el debate ambiental ni desconocer que el rol del cuidado medioambiental. Significa algo mucho más incómodo para el ecologismo militante: durante años se presentó como “ciencia indiscutible” lo que en realidad dependía de supuestos extremos, imposibles y alejados de la realidad.
Greta Thunberg llora.
El alarmismo climático fue funcional a una maquinaria global de poder. Con la excusa de salvar al planeta, se promovieron más burocracia, más intervencionismo, más subsidios cruzados y más presión sobre sectores productivos. Mientras tanto, quienes cuestionaban los excesos del relato verde eran tratados como herejes, negacionistas o enemigos de la humanidad.
El ecologismo radical vendió miedo durante años. Ahora, los propios responsables del marco "técnico" internacional admiten la falsedad de los modelos que usaron para sostener su relato.