En un nuevo desafío al sistema internacional liderado por Occidente, China y Rusia anunciaron su intención de coordinar una respuesta conjunta frente a las sanciones impuestas por Estados Unidos y sus aliados, en medio de crecientes tensiones globales por la guerra en Ucrania y las disputas comerciales entre Washington y Pekín.
El anuncio se produjo durante la visita a China del primer ministro ruso Mijaíl Mishustin, quien se reunió con el presidente Xi Jinping y el primer ministro Li Qiang. En una declaración conjunta publicada por el Ministerio de Relaciones Exteriores chino, ambos gobiernos se comprometieron a ''oponerse de manera activa a las medidas coercitivas unilaterales'', en referencia a las sanciones internacionales que pesan sobre Moscú por su invasión de Ucrania y sobre empresas chinas acusadas de colaborar con el Kremlin.
El comunicado acusó a ciertos países, sin mencionar directamente a Estados Unidos, de ''abusar de su posición dominante en la economía mundial'' y afirmó que cualquier sanción que no cuente con la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU es ''ilegal''.

La declaración ignora, sin embargo, que tanto China como Rusia son miembros permanentes de ese consejo con poder de veto, lo que en la práctica impide que el organismo adopte sanciones vinculantes contra ellos.
La iniciativa conjunta ha sido interpretada como una maniobra política para proteger a Moscú del aislamiento internacional y ofrecer a Pekín una herramienta de presión frente a Washington. Aun así, la realidad económica muestra grietas: el comercio bilateral ha caído en los últimos meses, y empresas chinas han comenzado a reducir su exposición a Rusia por miedo a sanciones secundarias.
El viaje de Mishustin buscaba precisamente reforzar una relación que se ha enfriado tras los picos de cooperación energética alcanzados en 2023 y 2024. Según algunos medios, varias petroleras estatales chinas suspendieron las compras de crudo ruso transportado por mar después de que Estados Unidos sancionara a Rosneft y Lukoil, los dos principales productores rusos. La medida revela el dilema de Pekín: mantener su alianza estratégica con Rusia sin comprometer su acceso a los mercados occidentales.










