La carta ni siquiera menciona a Hamas ni exige el cese de su terrorismo, ni la liberación de los más de 40 rehenes que siguen cautivos en Gaza desde el 7 de octubre de 2023. Tampoco hay palabras sobre la brutalidad de los ataques a civiles israelíes, ni sobre la estrategia de Hamas de operar desde hospitales, escuelas y mezquitas, poniendo en peligro deliberado a la población gazatí.
Al exigir un boicot a festivales de cine israelíes, estas figuras no castigan a un gobierno, sino a creadores, actores y directores israelíes —muchos de ellos críticos con sus autoridades—, que son víctimas colaterales de un gesto tan superficial como ineficaz.
El verdadero resultado de esta campaña no será la paz en Medio Oriente, sino la erosión de los espacios culturales como terreno de encuentro. Lo que podría ser un puente entre pueblos se convierte en una trinchera ideológica más, alimentada por discursos vacíos desde la comodidad de Hollywood.
Israel seguirá produciendo cine, arte y cultura que reflejan su vitalidad democrática. Lo que quedará en evidencia, con cada boicot de celebridades, es que detrás de la retórica “humanitaria” se esconde una peligrosa normalización del antisemitismo disfrazado de activismo cultural.