En otro tiempo, el bufón era el único capaz de decirle la verdad al rey.
Hoy, el bufón moderno se arrodilla ante él… y cobra por hacerlo.
Ese es el triste destino de Alfonso “Poncho” Gutiérrez, el hombre que confundió el periodismo con el sarcasmo y la sátira con la obediencia digital. Un comediante de mediana gracia y mucha soberbia, que se vende como crítico mientras actúa como operador ideológico con micrófono. No hace periodismo: simula conciencia desde un escritorio.
Su talento no está en la palabra, sino en la mofa sistemática, en el arte de degradar el debate público con caricaturas emocionales.
Su “humor” no libera, polariza.
Su “crítica” no cuestiona, diviniza.
Transformó la ironía en doctrina, el sarcasmo en arma política y la risa en una herramienta de adoctrinamiento. No se ríe del poder: trabaja para él. Su misión no es incomodar al gobierno, sino burlarse de quienes lo cuestionan, mientras vende como “sátira ciudadana” lo que en realidad es propaganda disfrazada de chiste.
Y lo más grave no es su cinismo, sino su efecto social.
Su discurso ha contribuido más a la división de México que cualquier político en tribuna.
No une: clasifica.
Divide entre “chairos” y “derechairos”, entre “pueblo” y “élite”, como si la nación fuera una arena de caricaturas.
Convirtió el sentido de pertenencia en una pelea digital, el pensamiento crítico en sarcasmo programado, y la diferencia ideológica en odio de entretenimiento.
Esa manipulación no es humor: es ingeniería emocional de la polarización.
Lo que hace Gutiérrez no es sátira: es instrumentalización cultural.
Su burla pretende neutralizar la conciencia, su ironía está al servicio del poder.
Usa la risa como arma blanda, y el teclado como trinchera del oficialismo.
Juega a ser neutral, pero su guion siempre coincide con el calendario de Morena.
Cuando el poder tropieza, él ridiculiza a quien lo señala.
Cuando el gobierno falla, él hace trending un meme.
Su trabajo no informa: desinforma con estilo.








