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El Estado de los sermones y la iniciativa privada que incomoda

El Estado de los sermones y la iniciativa privada que incomoda
Raúl Salinas
porRedacción
Opinión

La narrativa oficial no soporta empresarios que piensan por cuenta propia


En México, la política tiene un talento admirable: cuando el país se está incendiando, lo primero que hace es buscar a quién echarle la culpa. Y esta semana, el villano favorito se llama Grupo Salinas. No importa si la deuda pública se dispara, si Pemex es un enfermo terminal o si las megaobras cuestan el triple de lo prometido. No. El problema —según ellos— es ese empresario que osa recordarle al gobierno que la aritmética no es ideología y que las nóminas se pagan con dinero real, no con discursos… y menos con impuestos que exprimen a la gente.

La carta publicada por Grupo Salinas no es un simple comunicado corporativo. Es, en el fondo, una bofetada con guante blanco al relato oficial. “Frente a la mentira, siempre responderemos con la verdad”, dicen. Y duele, porque la verdad aquí es que mientras las empresas negocian deudas, cumplen con sus acreedores y siguen invirtiendo, el Estado administra fracasos… y encima presume que “todo va bien”, aunque los datos propios lo refuten.

El manual es predecible: la clásica estrategia de la chairizurda tropical, conservadora, liberfacista-fóbica: fabricar un enemigo, acusarlo de evasor, satanizarlo en la plaza pública y, de paso, disfrazar la ineficiencia propia de lucha heroica (como el cabecita de algodón). Es casi cómico: el gobierno que más ha endeudado al país en décadas y que ya se chingó todo el pastel pretende dar cátedra de responsabilidad fiscal. Es como si un alcohólico diera cursos de sobriedad en plena cantina… con el cierre abajo, miado y con Tonayán en mano.

Pero lo interesante aquí no es solo el pleito local. Hay un contexto global: en América Latina, cada vez que la izquierda se siente acorralada por sus propios números rojos, recurre al mismo guion. Venezuela, Argentina, Nicaragua, Bolivia… la fórmula es idéntica: control del discurso, persecución al empresario incómodo y construcción de una épica populista donde el Estado siempre es héroe, aunque no pueda pagar la cuenta. Como tu compa castroso en el bar que te pide la cheve disparada. Y sí, el dinero siempre sale del mismo lugar: del bolsillo de la gente (sorpresa: el gobierno no genera riqueza).

El problema es que la realidad no entiende de ideología. Los bonos vencen, la deuda se acumula, los inversionistas se van. ¿Y qué queda? Lo mismo de siempre: subir impuestos (ahora para gamers), endeudar más al país y gritar desde el atril que “el pueblo manda” por hacerse una limpia chafa para empatizar. Lo que no dicen es que al pueblo lo tienen de comparsa, porque el verdadero show es mantener vivo un aparato burocrático que solo sabe gastar estúpidamente… total, no es su dinero.

Mientras tanto, la iniciativa privada opera con otra lógica: modelos de formación, plan de vida y carrera, objetivos claros, rentabilidad, productividad, incentivos reales, capacitación constante y equipos que producen o se van a la calle (no todas las empresas, ni empiecen a chillar). Esa es la herejía imperdonable: demostrar con hechos que sí existe otra manera de organizar un país, una que no necesita subsidios eternos ni discursos diarios.

Por eso Salinas Pliego incomoda tanto. Porque no depende del aplauso oficial. Porque habla de meritocracia desde lo objetivo y no desde lo imaginario que da la frase. Porque defiende la eficiencia y la libertad económica en un país donde esas palabras son casi insultos para los que viven del erario de manera ineficiente. Y porque, para colmo, ha dejado entrever que el empresariado también puede tener proyecto político (aunque les arda). ¿Qué peor pesadilla para los gobiernicolas que un empresario que no se arrodilla y tiene con queso?

La izquierda gobernante insiste en que todo es un tema de “justicia fiscal”. Pero lo cierto es que estamos ante algo más grande: el monopolio del relato. Si el que produce, invierte y genera valor gana credibilidad, entonces el político pierde el único capital que le queda: la narrativa. Y sin narrativa, ¿qué le queda al gobierno? Un montón de deudas y muertos afuera del IMSS en un país que ya no les cree nada.

El sarcasmo es inevitable: mientras la “izquierda que te quiere pobre” construye obras que nadie pidió y multiplica deudas que nadie podrá pagar (y ya amenaza con enterrar al IMSS en 2030), la “derecha del capital” mantiene a flote millones de empleos. Y todavía tienen la desfachatez de llamar al empresario “enemigo del pueblo”. No, señores: el verdadero enemigo del pueblo es la mediocridad institucional que ustedes defienden como si fuera virtud con su limosna social.

Al final, lo que queda claro es simple: este no es el fin de un empresario, es el principio de una discusión mayor. ¿Quién debe conducir el futuro de México: la burocracia que solo sabe gastar o la iniciativa privada que al menos sabe producir? La carta de Grupo Salinas es apenas la chispa, pero lo que arde en el fondo es la certeza de que el modelo actual está agotado.

Y sí, pueden seguir gritando “ricos contra pobres”, pueden seguir montando shows mañaneros y pueden seguir inventando villanos. Pero la realidad no se tapa con discursos. La izquierda podrá seguir contando cuentos… pero los números, esos que tanto odian, siempre cierran con tinta roja.

#MAAC2030 ?

Luis Raúl Salinas Cordón es comunicador con experiencia en comunicación estratégica, capacitación, psicología y proyectos en los sectores público y privado. Actualmente trabaja en Totalplay para Grupo Salinas. Escribe columnas como hobbie, donde aborda política, economía y libertad financiera con un estilo simple, crítico y cargado de sarcasmo y humor.


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