En México, la política tiene un talento admirable: cuando el país se está incendiando, lo primero que hace es buscar a quién echarle la culpa. Y esta semana, el villano favorito se llama Grupo Salinas. No importa si la deuda pública se dispara, si Pemex es un enfermo terminal o si las megaobras cuestan el triple de lo prometido. No. El problema —según ellos— es ese empresario que osa recordarle al gobierno que la aritmética no es ideología y que las nóminas se pagan con dinero real, no con discursos… y menos con impuestos que exprimen a la gente.
La carta publicada por Grupo Salinas no es un simple comunicado corporativo. Es, en el fondo, una bofetada con guante blanco al relato oficial. “Frente a la mentira, siempre responderemos con la verdad”, dicen. Y duele, porque la verdad aquí es que mientras las empresas negocian deudas, cumplen con sus acreedores y siguen invirtiendo, el Estado administra fracasos… y encima presume que “todo va bien”, aunque los datos propios lo refuten.
El manual es predecible: la clásica estrategia de la chairizurda tropical, conservadora, liberfacista-fóbica: fabricar un enemigo, acusarlo de evasor, satanizarlo en la plaza pública y, de paso, disfrazar la ineficiencia propia de lucha heroica (como el cabecita de algodón). Es casi cómico: el gobierno que más ha endeudado al país en décadas y que ya se chingó todo el pastel pretende dar cátedra de responsabilidad fiscal. Es como si un alcohólico diera cursos de sobriedad en plena cantina… con el cierre abajo, miado y con Tonayán en mano.
Pero lo interesante aquí no es solo el pleito local. Hay un contexto global: en América Latina, cada vez que la izquierda se siente acorralada por sus propios números rojos, recurre al mismo guion. Venezuela, Argentina, Nicaragua, Bolivia… la fórmula es idéntica: control del discurso, persecución al empresario incómodo y construcción de una épica populista donde el Estado siempre es héroe, aunque no pueda pagar la cuenta. Como tu compa castroso en el bar que te pide la cheve disparada. Y sí, el dinero siempre sale del mismo lugar: del bolsillo de la gente (sorpresa: el gobierno no genera riqueza).










