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Ancla fiscal para terminar con la política del privilegio

Ancla fiscal para terminar con la política del privilegio
Ancla fiscal para terminar con la política del privilegio
porJuan Gabriel Flores
Opinión

El superávit marca el fin de la política financiada con saqueo legalizado.

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Durante años, en la Argentina se habló del déficit fiscal como si fuera una variable técnica, un número más dentro de una planilla que podía corregirse con mayor o menor pericia administrativa. Pero esa mirada, funcional al statu quo, ocultaba lo esencial. El déficit no era un error. Era un mecanismo. Una forma sistemática de expandir el poder político sobre la vida de los ciudadanos.

En ese esquema, el Estado no gastaba porque podía. Podía porque gastaba. Cada peso deficitario implicaba más deuda, más emisión, más impuestos presentes o futuros. Y, sobre todo, más dependencia. El déficit fue la herramienta perfecta de una casta que necesitaba financiar su propia reproducción política mientras disciplinaba a la sociedad a través de la escasez que ella misma generaba.

Por eso, lo que está ocurriendo hoy en la Argentina no puede leerse en clave contable. La consolidación del superávit fiscal no es un dato económico más. Es un cambio de régimen. Es el punto de quiebre de un sistema que durante décadas convirtió al Estado en una máquina de dominación financiada por el saqueo legalizado.

El superávit, en este nuevo contexto, deja de ser una meta técnica para convertirse en un límite político. Un límite real. Porque cuando el Estado deja de gastar más de lo que tiene, deja también de expandir su capacidad de intervenir, de condicionar, de comprar voluntades. El equilibrio fiscal no ordena solo las cuentas. Ordena el poder.

Este es el núcleo del modelo de Javier Milei. Y es precisamente lo que la oposición no puede —ni quiere— entender. Porque lo que está en juego no es una discusión sobre partidas presupuestarias. Es la pérdida de una herramienta central de control. Sin déficit, no hay caja discrecional. Sin caja, no hay política entendida como reparto de privilegios.

Durante años, el populismo construyó su legitimidad sobre una ficción. La de un Estado generoso que redistribuía riqueza. Pero esa riqueza nunca fue del Estado. Fue siempre de los argentinos que producen, invierten y trabajan. El déficit fue, en realidad, el mecanismo mediante el cual esa riqueza era expropiada para sostener estructuras políticas parasitarias.

Hoy, esa lógica empieza a invertirse. El superávit fiscal implica que el Estado deja de apropiarse de recursos que no le pertenecen. Implica, en términos concretos, devolverle al ciudadano el fruto de su esfuerzo. Y eso, en una Argentina acostumbrada al saqueo sistemático, no es menor. Es revolucionario.

No sorprende, entonces, la reacción del sistema político tradicional. Hablan de ajuste, de insensibilidad, de crisis social. Intentan reinstalar la narrativa de que el equilibrio fiscal es incompatible con el bienestar. Pero lo que realmente defienden no es a los sectores vulnerables. Defienden su propia supervivencia.

Porque el déficit era su herramienta. Era el combustible de un modelo basado en el privilegio, la intermediación y la dependencia. Sin ese combustible, la política pierde capacidad de disciplinar y de condicionar. Y por primera vez en décadas, el ciudadano deja de ser rehén.

La consolidación del superávit fiscal, entonces, no es el final del camino. Es el comienzo de una nueva etapa. Una en la que el Estado deja de ser el agujero negro que devora recursos y se convierte —por primera vez— en una estructura limitada, acotada, subordinada a la sociedad.

En ese sentido, el verdadero clivaje de la Argentina actual no es entre ajuste y crecimiento. Es entre orden y populismo. Entre un Estado que respeta los límites y uno que los viola sistemáticamente para perpetuarse en el poder.

Milei no está haciendo contabilidad. Está haciendo política en el sentido más profundo del término. Está redefiniendo las reglas del juego. Y al hacerlo, está tocando el corazón mismo del sistema que durante décadas convirtió a la Argentina en un país inviable.

El superávit no es un número. Es una frontera. Una línea que separa dos modelos de país. De un lado, el desorden planificado del populismo. Del otro, el orden como condición de la libertad.

Y por primera vez en mucho tiempo, esa línea empieza a correrse en favor de los ciudadanos.


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