El Virrey don Baltasar Hidalgo de Cisneros estaba al tanto de que, desde principios de 1810 se sentía un clima enrarecido y adverso en la capital. Previendo un desenlace nefasto en la lucha de España contra Napoleón, el virrey ordenó a las autoridades portuarias interceptar todo documento o publicación que arribara, con novedades desfavorables, desde la Península. Cisneros presentía que podía alterar aún más los ánimos. No obstante lo cual, no atinó a hacer nada más; cuando lo más razonable o sensato hubiera sido ordenar la bajada de fuerzas realistas a Buenos Aires, para contener una insurrección que, a esta altura, ya era imparable.
Retrato de don Baltasar Hidalgo de Cisneros (Museo Naval de Madrid)
Al anochecer del 13 de mayo de 1810 arribó a Montevideo una fragata mercante inglesa, llamada John Paris, que había zarpado de Gibraltar, trayendo la peor noticia que el virrey podía esperar. Cisneros, en su correspondencia asegura que los buques británicos eran dos, y no uno. Siguiendo las instrucciones que le había proporcionado el Virrey, el gobernador de Montevideo, don Joaquín de Soria, registró la embarcación e incautó los papeles que llevaba. Entre ellos, había proclamas que anunciaban la caída de Sevilla y la disolución de la Junta Central, el órgano que había designado, precisamente, al propio Cisneros. Se anunciaba también la creación de un Consejo de Regencia en Cádiz.
Esa era la peor noticia que podía recibir el marino, veterano de Trafalgar. Cádiz era la metrópolis portuaria más odiada en Buenos Aires a principios del Siglo XIX.
Joaquín de Soria (Gobernador de Montevideo)
Soria remitió a Cisneros todo lo requisado. Como una sudestada afectó la navegación por el Río de la Plata durante cuarenta y ocho horas, la noticia demoró su llegada a Buenos Aires hasta el mediodía del día 17 de mayo.
Ante la gravedad de los hechos que no podían ocultarse por mucho tiempo, Cisneros decidió darlos a conocer “en forma arreglada”, después de mucha deliberación. Dio igual instrucción al gobernador Soria, para que lo hiciese en Montevideo
Vicente Fidel López confirma estos hechos: “Pero al tiempo que el virey las recibía, corrían también de público en boca de todos.
En efecto: los franceses, vencedores en la batalla de Despeñaperros, habían ocupado la Andalucía. El pueblo de Sevilla, exasperado hasta la locura, con esta desgracia irreparable, se habia sublevado contra la Junta Central. Los miembros de ella habian tenido que huir del furor popular. En Cádiz habian sido depuestos y perseguidos como traidores. Los unos habian sido encarcelados y los otros deportados; mientras el pueblo creaba, de propia autoridad, y como si fuese la Nación Soberana, nada menos que una Regencia de España y de las Indias”.
En ese contexto no nos debiera sorprender que Mariano Moreno resultara la principal voz opositora a las autoridades emanadas de Cádiz: «La Nación ha quedado sin poder alguno que pueda representar la soberanía del monarca. Pero el espíritu mercantil de los mercaderes de Cádiz, FECUNDO EN ARBITRIOS PARA PERPETUARNOS EN LA TRISTE CONDICIÓN DE UNA FACTORÍA, ha forjado ese Consejo de Regencia, que pretende imponérsenos, con los caracteres de la soberania».
Prosigue Vicente Fidel López: “Y en efecto, el influjo y el poder trasladado á los hombres de Cádiz eran sinónimos, en Buenos Aires, del influjo y del poder del partido reaccionario que habia sido vencido por los Patricios en el terreno de las armas, y por «La Representación de los Hacendados», en el terreno de la ciencia y de la justicia. La Regencia de Cádiz era, pues, cuanto podia imaginarse de mas odioso y de mas ultrajante para las aspiraciones y para los derechos que exaltaban nuestro espíritu público en aquellos momentos.
Esta coincidencia fue, para la España, la última de sus fatalidades en el Rio de la Plata. En la irritabilidad de las pasiones sublevadas por los acontecimientos, todos recordaban que desde los primeros apetitos con que se habia revelado la naturaleza esencialmente productiva y comercial de las provincias platenses: cuando Buenos Aires y Córdoba no pedian mas que el permiso de que entraran dos buquecillos por año, y doscientas toneladas de retorno en productos agrícolas, el Comercio y el Consulado de Cádiz habian sido inexorables para negárselo en nombre del monopolio que gozaban en el surtido de las Dos Flotas. Cádiz no habia perdido momento ni ocasión de oponerse con todo su influjo á las franquicias que habia reclamado Buenos Aires, por exiguas que fuesen: y esta negra tradición de tirania económica y social habia creado profundos resentimientos, que, á medida que el Rio de la Plata habia adquirido, por la fuerza de su territorio y de su posición geográfica, vigor social y riquezas, habian avivado las antipatías de los hijos del país contra ese puerto de España, al que ellos echaban todas las responsabilidades y las injusticias del Régimen Colonial.
Para que el antagonismo fuese mortal y supremo, Cádiz tenía, en este momento, por representante vivo y actuante en Buenos Aires, á don Martin de Alzaga y su partido. Reconocer la Regencia y prestarle acatamiento, era renunciar á la victoria del 1°. de enero de 1809 y someterse al poder de la reacción. ¡Imposible!”.
Quiso, entonces, la fatalidad, que el último gobierno de resistencia español, en la Península, se estableciera, precisamente, en Cádiz, ciudad entonces detestada en el Río de la Plata. A Cádiz se responsabilizaba del atraso y del sometimiento colonial de siglos. Tal vez, si la resistencia hispana se hubiera concentrado en otra localidad diferente, los sucesos de Mayo no se hubieran desencadenado con la determinación que ocurrieron.
Manuel Belgrano, en su Autobiografía, cuenta: “Muchas y vivas fueron entonces nuestras diligencias para reunir los ánimos, y proceder a quitar las autoridades, que no sólo habían caducado con los sucesos de Bayona, sino que ahora caducaban, puesto que aun nuestro reconocimiento á la Junta Central cesaba con su disolución, reconocimiento el más inicuo y que había empezado con la venida del malvado Goyeneche, enviado por la indecente y ridícula Junta de Sevilla. No es mucho, pues, no hubiese un español que no creyese ser Señor de América, y los Americanos los miraban entonces con poco menos estupor que los indios en los principios de sus horrorosas carnicerías tituladas conquistas”.
Grabado que muestra las sucesivas abdicaciones al trono español efectuadas en Bayona, a instancias de Napoleón Bonaparte, que termina coronando a su hermano José como rey
La mesa estaba servida para los próximos sucesos que desencadenarían en la Semana de Mayo.