El informe final del “Consejo de Mayo” consagra la propiedad privada —el corazón moral de toda nación que aspire a ser libre— y dinamita, de un solo golpe, la bandera discursiva del pobrismo organizado. Es un misil directo al relato de Grabois y compañía, que hicieron del ataque a la propiedad un dogma político. Pero no se queda ahí: fija el equilibrio fiscal que la casta aborrece, moderniza leyes laborales que los buitres sindicales utilizaron como rehenes durante medio siglo, abre el comercio para desarmar al empresariado prebendario y reforma la educación para que Baradel deje de ser el guardián decadente de la ignorancia estructural. Es un manifiesto de sentido común en un país secuestrado por el delirio antiliberal.
Y uno de los cambios más profundos que trajo este gobierno es justamente la disciplina fiscal. Por eso el “Consejo de Mayo” dispuso que las provincias que no cumplan con las metas quedarán fuera de los ATN. Así de simple. Por primera vez en décadas, se premia a los que hacen las cosas bien y se castiga a los degenerados fiscales que vivieron de la billetera nacional mientras destruían sus propias cuentas. El federalismo empieza a dejar de ser un pacto hipócrita donde algunos producen y otros parasitan.
Por eso los mercados confían en este gobierno. Una muestra ha sido la colocación, por parte de la Secretaría de Finanzas, de 1.000 millones de dólares del Bonar 2029, rubricando el regreso de Argentina a los mercados voluntarios en moneda extranjera. Esto no es una anécdota: es la devolución simbólica de la confianza global. Es el reconocimiento de que el rumbo es serio, sólido y creíble. El equipo económico no solo administra; repara, reconstruye y redefine la relación del país con el mundo.
Mientras tanto, el viejo orden comienza a desmoronarse. Porque mientras ellos repiten consignas de los ’70, Milei avanza a una velocidad que ninguno de los prebendarios integrantes del “partido del Estado” imaginó posible. En apenas dos años, el Presidente convirtió lo que la casta llamó imposible en posible. No fue suerte. No fue improvisación. Fue decisión, coraje y una convicción que no se negocia.








