Es natural que el kirchnerismo se oponga a las reformas que impulsa Milei. Es natural porque romper sus privilegios, desarmar su red clientelar y sacarles la mano del bolsillo ajeno es lo que permitirá al país sentar las bases del desarrollo y la prosperidad para los próximos 30 años. Lo que está en juego no es un debate legislativo que apruebe o deje de aprobar leyes: lo que está en juego es el final de una Argentina decadente que ellos administraron como propia durante dos décadas.
Mientras los autoproclamados “defensores de los humildes” gritan y plantean el caos, el gobierno sigue acumulando hitos que hace un año parecían imposibles. Argentina volvió al mercado de capitales, y no de cualquier forma: lo hizo con un bono al 2029 con un cupón del 6,5% bajo ley local, considerado por muchos como el mejor de todos los tiempos. Esto no es un tecnicismo financiero; es un punto de inflexión histórico. Significa reservas, significa mejor balance del Banco Central, significa baja del Riesgo País y caída de tasas, significa que una PyME puede volver a pensar en pedir crédito, que una familia puede proyectar, que un inversor deja de mirar a la Argentina como un territorio inhóspito donde cada éxito depende de un truco contable.
Y, sobre todo, significa algo más profundo: recuperamos la confianza del mundo, algo que el kirchnerismo nos arrebató y nos dejó en el peor de los mundos posibles. Volver al mercado de capitales con un bono a cuatro años no es un dato aislado: es la prueba concreta de que el rumbo es el correcto y de que el cambio no solo era necesario, sino urgente.
Mientras tanto, la oposición grita “crueldad”, “falta de empatía” y otros slogans que no resisten un minuto de realidad. Decían que Milei era insensible, que no entendía el sufrimiento social, que incluso “dibujaba” los datos del INDEC. Pero ahí están los números: la pobreza cayó como nunca antes, bajo cualquier metodología de medición. Y cayó no por magia, ni por asistencialismo electorero, sino porque ordenar las cuentas, bajar la inflación y sacar al Estado del medio devuelve poder adquisitivo real. La empatía no es repartir cheques; la empatía es permitir que la gente vuelva a vivir de su trabajo.
En paralelo, otra postal marca el quiebre de época: llegaron los primeros seis aviones de combate F-16, un salto de calidad que Argentina no veía desde hacía décadas. Es un hito estratégico que fortalece la defensa del espacio aéreo y que devuelve dignidad a unas Fuerzas Armadas que el kirchnerismo pasó años humillando. Mientras ellos hablaban de “soberanía” con discursos vacíos e incorporando a las fuerza armadas “llamas con metralletas”, Milei apuesta a equipamiento real, a tecnología de punta y a devolver el orgullo profesional a quienes arriesgan su vida por el país. La soberanía no se declama: se construye con desarrollo económico y capacidad de defensa.
Y como si faltara un símbolo más claro de reposicionamiento internacional, Milei se suma a la delegación que acompañará a María Corina Machado en la ceremonia del Premio Nobel de la Paz en Noruega. Argentina vuelve a pararse del lado correcto de la historia: del lado de quienes defienden la libertad frente al autoritarismo, no del lado de dictaduras amigas ni de proyectos hemisféricos empobrecedores. Vuelve a ocupar ese lugar del que nunca debió salir: el de un país serio, comprometido con los valores de Occidente y alejado de los oportunismos ideológicos que durante años nos encadenaron a fracasos ajenos.
El kirchnerismo puede gritar, patalear y convocar a sus últimas batallas para no perder sus privilegios. Sólo hay que ver cómo atacaron cobardemente a la militancia de José C. Paz conducida por Mia Amoroso. Pero la realidad es implacable: la Argentina está cambiando. Y por primera vez en décadas, el cambio va en la dirección correcta.
La pregunta es tan clara como decisiva: ¿seguimos avanzando hacia un país libre y próspero o dejamos que los mismos de siempre nos arrastren otra vez al pantano? Durante años nos repitieron que “no se podía”, que la libertad era un lujo, que el orden era “ajuste” y que la prosperidad era “neoliberalismo”.
Pero hoy, la realidad les rompió el relato: sí se puede vivir en una Argentina libre, ordenada y productiva. El país que durante tanto tiempo nos dijeron que era imposible empieza a asomar entre los escombros del modelo que nos empobreció. Solo hace falta algo simple, pero esencial: no volver nunca más atrás.