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La derecha woke contra Javier Milei

La derecha woke contra Javier Milei
El presidente Javier Milei.
porKarina Mariani
opinion

A pesar de presentarse como de "derecha", operan con la misma gramática identitaria y emocional del progresismo.


De Karina Mariani para La Derecha Diario.


La derecha global atraviesa una de sus crisis más definitorias. Esta se ha manifestado mediante rupturas discursivas y, eventualmente, políticas a ambos lados del Atlántico, exponiendo una profunda fractura ideológica.

Gran parte de estas disputas emergieron a partir de la decadencia de ciertos aspectos del conglomerado ideológico woke, fenómeno que generó la sensación de un “fin de la batalla contra la izquierda identitaria” y obligó a quienes habían compartido la misma trinchera a mirarse mutuamente y redefinir sus propios marcos conceptuales.

A esto se suman los conflictos en curso, principalmente en Europa y Medio Oriente, que también partieron aguas, demostrando que lo que se situaba a la derecha de la izquierda no constituía un monolito, y que en muchos casos empezaba a cristalizar una nueva batalla cultural.

En este contexto, no sólo resurgieron tensiones preexistentes, sino que aparecieron fenómenos nuevos, difíciles de encuadrar en las coordenadas tradicionales de izquierda y derecha. Algunos sectores que se habían presentado como parte de la resistencia al identitarismo progresista comenzaron a exhibir, con creciente claridad, los mismos tics, métodos y obsesiones que decían combatir.

Lo que inicialmente parecía una colección de excentricidades marginales se reveló como un patrón más profundo: la adopción parcial (y a veces completa) de la lógica emocional, tribal e identitaria del wokismo más rancio.

El presidente Donald Trump.
El presidente Donald Trump.

La “derecha woke” es precisamente ese conjunto de actores que se presentan como pertenecientes al espectro de la derecha, pero operan con la misma gramática identitaria y emocional del progresismo: victimologías selectivas, política de identidades, moralismo subjetivo y una lógica de “opresor/oprimido” que incluso ejerce el famoso revisionismo histórico.

En este marco, el antisemitismo se ha convertido en el punto de contacto más evidente entre la derecha woke y la izquierda woke: ambos lo reciclan como un eje explicativo totalizante (el judío como poder oculto, opresor absoluto o arquitecto de conspiraciones y sistemas corruptos) repitiendo el mismo patrón de pensamiento victimizante y paranoico.

Así, la derecha woke termina convergiendo con la izquierda woke en un mismo marco mental, donde el antisemitismo opera como mito unificador y como coartada moral para justificar acciones y reacciones impensadas hasta hace poco tiempo.

Para evitar los quiebres y las internas, algunos han intentado tapar el sol con las manos, sosteniendo que “no había enemigos dentro de la derecha” y que no debía perderse el foco de la batalla contra la izquierda. Son lemas loables, pero poco realistas: las cartas están echadas y las divisiones existen, se las acepte o no.

Más allá del voluntarismo unificador, las guerras dentro de la derecha continúan librándose y ponen en jaque a los movimientos, líderes y gobiernos que se constituyeron como alternativa al hegemón progresista que dominó casi todo este siglo. Un mapa de los grupos y subgrupos en pugna, con sus intereses, contradicciones, asociaciones y divorcios, podría aclarar el panorama; pero todo ello está aún en plena reconfiguración. He aquí una primera aproximación.

I. La grieta de MAGA

La crisis en el seno de la derecha norteamericana, especialmente dentro de la órbita MAGA, se hizo visible entre octubre y noviembre de 2025. No es el momento en que comenzó, pero sí se evidenció con contundencia a raíz de la entrevista de Tucker Carlson a Nick Fuentes.

La entrevista fue relevante por las aseveraciones explícitas de Fuentes profundamente antisemitas, racistas, misóginas, divorciadas de todo rigor histórico y que culminan con la revelación de la admiración de Fuentes por Hitler y Stalin.

Los silencios cómplices de Carlson respecto de estas ideas, así como las propuestas de imponer prevalencias étnicas y sexistas, una especie de acción en espejo que cambie el identitarismo de BLM por el identitarismo blanco, fueron lo más escandaloso junto con el odio caricaturezco por Fuentes hacia a los judíos, las mujeres o el capitalismo. Un resentimiento victimista infantil calcado del movimiento Antifa.

Tucker Carlson y Nick Fuentes
Tucker Carlson y Nick Fuentes

Se podría considerar a Carlson, y a su extenso historial de reescritura de la WWII, de blanqueo del islamismo radical, de promoción del putinismo, del antisemitismo, y de cualquier tipo de teoría de la conspiración; como el devarío de una personalidad desesperada, pero lo mas grave es que Carlson es uno de los comentaristas más influyentes del mundo.

Tras la muerte de Charlie Kirk, Carlson se ha convertido en prominente orador de la organización que Kirk fundó, Turning Point USA. El vicepresidente de EEUU y el presidente de la Fundación Heritage, entre otras muy poderosas personalidades, lo han defendido, desatando internas feroces dentro del ecosistema MAGA, del GOP y del conglomerado de publicaciones y think tanks que nutren al conservadurismo mundial.

Sin embargo, la influencia de Carlson está limitada por el hecho de que Trump ha sido más partidario de Israel que cualquier otro político, candidato o aspirante a candidato y es, en última instancia, quién define qué es MAGA. Demoler, desvirtuar o cambiar la cabeza de MAGA viene siendo el objetivo del club de amigos de Carlson desde que se desató abiertamente esta interna.

Esa es una de las razones por las que Carlson, Fuentes, Candace Owens y otros influencers están presionando con tanta fuerza para transformar al Partido Republicano y al movimiento conservador en una fuerza hostil hacia Israel y al pueblo judío, bajo una postura aislacionista y geopolíticamente miope.

Charlie Kirk.
Charlie Kirk.

Israel, único país democrático en el corazón de Oriente Medio, es un aliado vital para los intereses geopolíticos de Occidente, que ha debilitado a grupos terrorista antiestadounidenses como Hamas, Hutíes o Hezbolá, además de ser clave para la inteligencia de EEUU y el control del programa nuclear iraní.

Carlson y su club de amigos parecen haber olvidado quienes son los que durante décadas han quemado banderas estadounidenses, realizado atentados buscando el fin del “Gran Satán”.

En estos momentos, las controversias dentro del conservadurismo norteamericano arrecian. Ya se han producido renuncias de representantes en el parlamento, caídas en desgracia de fundaciones, redireccionamiento de donaciones y hasta cambios en la política de X para permitir ver dónde están localizadas las cuentas que más influyen en el debate en RRSS.

II. La sucursal hispanoamericana de la derecha woke

Este paquete caótico de controversias se ha trasladado a la derecha hispanoamericana, que también posee su versión de la derecha woke y que ha tomado como enemigo al presidente argentino, Javier Milei, el representante más famoso del éxito de la derecha alternativa en la región.

De manera similar a lo que ocurre con Trump, muchos influencers hispanos que apoyaron a Milei creyendo que se transformaría en el ejecutor de sus desvaríos integristas y ultramontanos, ahora se sienten traicionados, porque Milei es también un presidente pro Israel, alineado con los lineamientos geopolíticos de Trump, pero que además tiene una agenda propia en relación con su cercanía al pueblo judío.

Ahora bien, la ola de antisemitismo desatada luego de la invasión de Hamas a Israel el 7 de octubre de 2023, expuso el verdadero rostro de estos influencers y políticos. La agresividad creciente de la derecha woke hispanoamericana hacia el presidente de Argentina, ha provocado la cancelación de la cumbre de la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) por ejemplo.

No vale la pena dar nombres, la virulencia de estos personajes es directamente proporcional a su necesidad de atención, y lo que vale analizar es el fenómeno, no las personas.

Por ejemplo, resulta interesante que en todas las etapas de ascenso de Milei, estos personajes mostraron un respaldo unánime al libertario. Pero Milei jamás ocultó su apoyo a Israel, entonces cabe preguntarse bajo qué criterios lo acusan de “traidor”.

Tampoco ocultó Milei su visión del rol del Estado ni sus lineamientos geopolíticos. Los que sí disimularon sus verdaderas pulsiones ideológicas fueron quienes sabiendo cómo pensaba Milei, de todas maneras buscaron su cercanía y apoyo para parasitar algo de su fama.

Javier Milei, en su jura como presidente.
Javier Milei, en su jura como presidente.

La ruptura terminó de volverse viral poco antes de las elecciones en las que el partido de Milei, La Libertad Avanza (LLA), se jugaba el control de las dos Cámaras del Congreso. Tal era la ira y la virulencia de la derecha woke contra Milei, que incluso llamaron a votar en su contra. El resultado de dichas elecciones (exitoso para el libertario) demostró que al menos en Argentina, la derecha woke es no sólo marginal, sino pusilánimemente ridícula. Pero la discusión de base es otra.

La pugna entre la derecha woke vs. el mileismo, sucede en un momento de reconfiguración de las fuerzas políticas en la región. En este contexto, Agustín Laje, un intelectual que ha moldeado en gran medida la narrativa de la derecha emergente hispana, terció en la pelea defendiendo a Javier Milei. Esto enloqueció a la derecha woke hispana que había patrimonializado a Laje.

En el marco de un encendido debate en X, Laje sostuvo que no era verdad que el presidente argentino no hubiera dado la “batalla cultural” que había prometido, y posteó una lista de acciones que la Administración Milei había llevado a cabo en pos de dicha batalla.

Por lo cual, Laje concluía que la razón de la virulencia de la derecha woke contra el presidente era en realidad otra: "lo que les molesta, en realidad, es algo que estaba ausente por aquél año, o que lo tenían bien escondido: un odio abierto al judaísmo, como articulador fundamental de todo el discurso político".

"Esto jamás existió entre 2018 y 2024, ni por asomo. Vida, familia, libertad, propiedad, soberanía nacional: ninguno de todos los inmensos avances en estos terrenos (por los que veníamos peleando hace años) parece atraerles en lo más mínimo, ante un Milei que simpatiza abiertamente con el judaísmo. Este último, pues, es el núcleo de la cuestión", agregó.

III. La raíz filosófica: La derecha woke y el posliberalismo

Esta hostilidad se enmarca en un debate filosófico que ha ganado tracción en la última década: el posliberalismo. Este movimiento, que ataca los cimientos del liberalismo clásico, constituye un paraguas para el surgimiento de una "derecha woke": una facción obsesionada con la identidad, el colectivismo estatal y la moralidad impuesta.

Si bien el movimiento viene de lejos, es cierto que en 2018 era un debate específico entre unos pocos excéntricos. Pero ahora está en la palestra. Los posliberales se oponen al liberalismo clásico como marco teórico que prioriza los derechos individuales como fuente de autoridad política y desarrollo humano.

Los posliberales consideran que este liberalismo es una fuerza secularizadora (incluso llegan a usar la descripción de “satánica” de forma no irónica) que utiliza el lenguaje de la libertad para ocultar el verdadero objetivo: negar la autoridad superior del “bien común". En este sentido son críticos de conservadores como William F. Buckley Jr., Milton Friedman o Ronald Reagan.

De ahí la idea de “posliberalismo”. Consideran que los problemas políticos y económicos actuales son consecuencias de adoptar principios liberales en el derecho, la cultura y la economía. El liberalismo se vuelve “estructural” para los posliberales de la misma manera que el racismo lo es para los teóricos críticos de la raza: el sistema mismo es la fuente del problema. En este sentido, su filosofía podría enmarcarse en una teoría crítica más, como cualquiera de las que propone la izquierda woke.

El posliberalismo sostiene que se perdió la batalla cultural porque se aceptaron los límites del liberalismo, tanto en su versión económica como política, impidiendo usar el poder del Estado para promover su ideología, sosteniendo además que la autonomía del individuo erosionó las bases morales de occidente. Algunos autores afirman que concebir al Estado únicamente como garante de libertades individuales resulta insuficiente para enfrentar la “batalla cultural”. Una postura casi calcada del viejo constructivismo.

El posliberalismo rechaza la idea de un Estado limitado y el “fusionismo”, la doctrina que unía liberalismo y tradicionalismo, y que influyó profundamente en Reagan. Consideran que esa alianza ya no responde a la realidad social contemporánea y que hoy opera como un freno para cualquier intento de reconstrucción moral.

Como todos los movimientos ideológicos, el posliberalismo es una especie de gran conjunto dividido en subfacciones que pueden discrepar entre sí. Dicho esto, una de las facciones es esta derecha woke que se muestra hostil hacia los mercados libres, el libre comercio, la imparcialidad del Estado y las intervenciones militares extranjeras.

En contraste son más favorables a la intervención estatal, los consensos progresistas de la redistribución, el Estado de Bienestar y la justicia social. Muchas sub facciones de la derecha woke se asocian con el integrismo católico y con el anticapitalismo.

Gran parte de la derecha woke vio en la era post woke y el surgimiento de figuras que llegaron al poder como Trump o Milei, una oportunidad para redefinir la derecha de manera que los favoreciera. Si bien apoyaron electoralmente a estos políticos, filosóficamente suscriben a ideólogos como Alexander Duguin o Pat Buchanan. En muchos sentidos, parasitaron a los líderes de las derechas alternativas para crecer al calor de sus éxitos, y ahora sienten la frustración de permanecer en la marginalidad electoral.

IV. La batalla por la identidad de la derecha:

El posliberalismo como marco ideológico/filosófico no es sinónimo de la derecha woke. Es más bien ese paraguas dónde estas facciones y otras se acomodan y mutan. En sí misma, la derecha woke como fenómeno reaccionario posee las mismas condiciones ideológicas inviables que las de su gemela de izquierda.

Es quejosa, contradictoria, falsaria y endogámica. Inevitablemente “empodera” a quienes definen su identidad sólo a través del colectivo victimizado. El liberalismo fue criptonita para este fenómeno, el iliberalismo lo quiere instrumentalizar.

La historia reciente demuestra que, una vez que se construyen este tipo de movimientos, los totalitarios terminan administrándolos. El mesianismo iliberal de la derecha woke cree haber encontrado su hora y no se detendrá en sus ataques, incluso si para ello debe dinamitar a los líderes que alguna vez utilizó como vehículos tácticos. Por ahora, al menos en Argentina, su impulso destructivo tiene un límite: la realidad electoral.

No obstante, es importante tomar nota y revisar cómo estos personajes se infiltraron en partidos políticos y fundaciones en el lapso que cita Laje, entre 2018 y 2024, haciendo autocrítica de cómo nos dejamos engañar y de cuántas banderas rojas pasamos por alto. El conflicto actual no es una interna pasajera, sino una disputa decisiva por la identidad moral e intelectual de la derecha para las próximas décadas. Y esa batalla recién empieza.


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