No hace falta ser muy lúcido para descubrir que la anomia es una característica saliente de nuestra idiosincrasia argentina, un componente protagónico de la mentada “viveza criolla” que tanto orgullo vano nos genera. Ser tan “cancheros” nos ha salido caro, diría cualquiera que mire la cuestión con un mínimo de madurez. Con sesenta por ciento de chicos pobres y otras lindezas que nos trajo tanto “talento”, hubo un grupo grande de argentinos que decidió cambiar de estrategia: un 56 por ciento, para ser precisos. Pero no va a ser fácil volver al aprecio de la virtud. Hay un montón de vivos que siguen aferrados a la teta de los que producen y que, a toda costa, quieren seguir ignorando todo “deber ser”. Y no crean que en ese grupo hay solo gente sin educación y llena de vicios. No, señor. Esta semana podemos demostrarlo con el ejemplo de algunos de los señoritos trabajadores de planta de la Cancillería.













