No hace falta ser muy lúcido para descubrir que la anomia es una característica saliente de nuestra idiosincrasia argentina, un componente protagónico de la mentada “viveza criolla” que tanto orgullo vano nos genera. Ser tan “cancheros” nos ha salido caro, diría cualquiera que mire la cuestión con un mínimo de madurez. Con sesenta por ciento de chicos pobres y otras lindezas que nos trajo tanto “talento”, hubo un grupo grande de argentinos que decidió cambiar de estrategia: un 56 por ciento, para ser precisos. Pero no va a ser fácil volver al aprecio de la virtud. Hay un montón de vivos que siguen aferrados a la teta de los que producen y que, a toda costa, quieren seguir ignorando todo “deber ser”. Y no crean que en ese grupo hay solo gente sin educación y llena de vicios. No, señor. Esta semana podemos demostrarlo con el ejemplo de algunos de los señoritos trabajadores de planta de la Cancillería.
Estos “grandilocuentes impostados” —les espetó alguien recientemente— tienen, además de la convicción de que son únicos, irrepetibles e irremplazables para su tarea, la costumbre argentina de hacer lo que se les da la gana. Entre el champán y los canapés que consumen como parte esencial de su trabajo, compraron una Agenda 2030 (ahora parece que corregida y ampliada a 2045), elaborada por un grupo de multimillonarios extranjeros que dicen haber encontrado la receta para salvar a la humanidad. Esta receta, curiosamente, incluye medios para aniquilar a muchos, pero dejemos eso por ahora. Resulta que ni a ellos ni a quienes cayeron en su trampa —o pactaron su parte— parece preocuparles que los países en general, y Argentina en particular, son soberanos. Eso significa que se gobiernan a sí mismos y no un grupo indefinido de extranjeros actuando por sí o a través de organismos internacionales u ONG de nombres bonitos pero objetivos perversos.








