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El privilegio estatal que destruyó la economía argentina

El privilegio estatal que destruyó la economía argentina
El privilegio estatal que destruyó la economía argentina
porJuan Gabriel Flores
opinion

Por qué bloquear importaciones convierte la economía en un mercado de favores políticos.


Hay una escena aparentemente técnica que, sin embargo, revela mucho más que una discusión económica. Cuando un gobierno impide importar un producto —como ocurrió durante años con los neumáticos en Argentina— el argumento oficial suele ser siempre el mismo: proteger la industria nacional. Pero detrás de esa frase se esconde un mecanismo mucho más profundo. No se trata de protección. Se trata de privilegio.

La diferencia no es semántica. Es moral, económica y política.

Cuando el poder político decide bloquear importaciones, fijar cupos o imponer barreras artificiales al comercio, no está fortaleciendo el mercado. Está alterando las reglas del juego. Está tomando partido. Y al hacerlo, transforma la ley —que debería proteger derechos— en una herramienta para repartir beneficios entre grupos específicos.

En ese instante ocurre algo que casi nunca se discute en el debate público: la economía deja de ser un sistema de cooperación voluntaria y pasa a convertirse en un sistema de favores políticos.

Ese es el punto que Javier Milei expuso con claridad en una reciente entrevista. Cuando el Estado levanta barreras para impedir que ingresen productos más baratos o de mejor calidad, no está defendiendo a los argentinos. Está creando rentas artificiales. Y donde aparecen esas rentas aparece, inevitablemente, el incentivo a capturarlas.

La historia económica argentina ofrece innumerables ejemplos de este fenómeno. Durante décadas, el modelo corporativo construido por el peronismo y profundizado por el kirchnerismo convirtió al Estado en el gran distribuidor de privilegios. Licencias, cupos, aranceles, subsidios, regulaciones selectivas. Todo un entramado diseñado no para fomentar la competencia, sino para administrarla desde la política.

El resultado fue previsible.

Cuando la rentabilidad depende de una decisión administrativa y no de la preferencia del consumidor, los incentivos cambian. En lugar de innovar, producir mejor o competir, muchos empresarios descubren que la verdadera oportunidad está en otro lado: en los pasillos del poder.

Así se construye una economía de lobby.

La lógica es simple. El político crea la barrera. Esa barrera genera una renta extraordinaria. Y esa renta abre un nuevo negocio: negociar el acceso al privilegio. Lo que debería ser un mercado de bienes se transforma en un mercado de favores.

En ese esquema, la corrupción no es un accidente. Es una consecuencia lógica.

Por eso las economías hiperreguladas terminan produciendo siempre los mismos resultados: precios más altos, menor calidad, menor innovación y salarios que pierden poder adquisitivo. Los consumidores pagan más, los trabajadores pierden oportunidades y el crecimiento se estanca. Pero algunos sectores privilegiados logran preservar su renta gracias a la protección política.

Argentina conoció demasiado bien ese sistema.

Durante años se repitió la misma narrativa: el Estado debía intervenir para “defender la producción nacional”. Pero el balance final fue devastador. Industrias encerradas en mercados cautivos, productividad estancada, inflación permanente y una economía incapaz de integrarse al mundo.

En ese contexto, lo que aparece como una discusión técnica sobre comercio exterior es en realidad una discusión mucho más profunda sobre la naturaleza del poder político.

Porque la pregunta central no es económica. Es moral.

Si una persona obtiene su dinero trabajando, invirtiendo o produciendo valor en el mercado, ¿con qué derecho un funcionario decide qué productos puede comprar, de qué país o a qué precio? ¿En qué momento la política adquirió la potestad de intervenir en decisiones que pertenecen exclusivamente al individuo?

Cuando el Estado establece qué se puede importar y qué no, qué empresa puede competir y cuál queda protegida, deja de actuar como árbitro. Se convierte en jugador. Y un jugador con poder coercitivo.

Ese es el verdadero problema del proteccionismo.

No solo distorsiona precios y destruye eficiencia económica. También rompe un principio fundamental de una sociedad libre: que cada persona es dueña de su propiedad y de las decisiones que toma con ella.

Por eso la discusión sobre el comercio no puede reducirse a tecnicismos económicos ni a planillas de producción industrial. En el fondo, lo que está en juego es algo mucho más elemental: si la riqueza creada por millones de individuos pertenece a quienes la generan o a quienes ocupan temporalmente el poder político.

Durante décadas, la Argentina eligió el segundo camino. El resultado fue un sistema donde la política organizaba la economía y donde la libertad individual quedaba subordinada a intereses corporativos.

Romper con esa lógica no es simplemente cambiar una política económica.

Es empezar a desmontar un régimen de privilegios que convirtió al Estado en el gran administrador del saqueo legal.

Y ese cambio, más que económico, es profundamente moral.


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