Hay una reflexión de Thomas Sowell que encierra una de las cuestiones más importantes para comprender la historia de las civilizaciones: “Cada nueva generación que nace es, en efecto, una invasión de la civilización por pequeños bárbaros, a los que hay que civilizar antes de que sea demasiado tarde”.
La frase, publicada en “A Conflict of Visions” (2007), aunque muy provocadora encierra una verdad fundamental: nadie nace con los conocimientos, los valores, las instituciones, las normas de convivencia ni la tradición intelectual que hicieron posible el mundo en el que vive. Cada generación comienza prácticamente desde cero.
La civilización, en cambio, es el resultado de miles de años de acumulación de conocimientos, descubrimientos, experiencias, instituciones y valores. Y todo ese patrimonio debe volver a transmitirse. No alcanza con construir una civilización, hay un deber generacional en conseguir que cada generación sea capaz de comprenderla, conservarla, perfeccionarla y transmitirla a la siguiente.
Todo lo que una sociedad tardó siglos en construir puede perderse en apenas una generación.
La educación como mecanismo de supervivencia
Hannah Arendt abordó esta cuestión en su ensayo “The Crisis in Education” (1958), incluido posteriormente en “Between Past and Future” (1961). Su planteo es particularmente interesante: los adultos tienen una doble responsabilidad, con los niños que llegan al mundo y con el mundo que deben entregarles.
La educación, sostiene Arendt, es el punto en el que asumimos la responsabilidad por la continuidad de ese mundo. No para impedir que las nuevas generaciones lo transformen sino para darles las herramientas necesarias para comprenderlo, valorarlo, darle continuidad y aportar los cambios necesarios. Para innovar primero hay que conocer, para cuestionar primero hay que comprender y para superar el conocimiento acumulado por generaciones anteriores primero hay que adquirirlo. Esta es precisamente la función civilizatoria de la educación: transmitir el patrimonio cultural, científico, histórico, filosófico y moral que permite que una sociedad no tenga que empezar de nuevo con cada nacimiento.
Aquí aparece un problema que excede ampliamente lo pedagógico: ¿quién controla aquello que se transmite?
Gramsci y la batalla era cultural
Antonio Gramsci comprendió que el poder no se ejerce exclusivamente desde el Estado, mediante las leyes, la fuerza o el control de los recursos económicos. También se ejerce construyendo hegemonía cultural. En sus Cuadernos de la cárcel, desarrolló la idea de que las instituciones de la sociedad civil, los intelectuales, la escuela y los espacios de producción cultural son escenarios fundamentales de la disputa por el sentido común de una sociedad.











