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El kirchnerismo hablando del INDEC suena a chiste

El kirchnerismo hablando del INDEC suena a chiste
El kirchnerismo hablando del INDEC suena a chiste
Imagen de Juan Gabriel Flores
porJuan Gabriel Flores
Opinión

Cuando los que falsearon la realidad se indignan por los datos, el problema no es técnico sino moral.

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Durante años, el kirchnerismo no solo administró mal la economía argentina: falsificó la realidad. No se trató de errores técnicos ni de desajustes metodológicos. Fue una decisión política consciente. Se adulteraron estadísticas públicas, se manipuló el índice de inflación, se persiguió a quienes medían precios por fuera del relato oficial y se construyó una ficción grotesca donde Argentina tenía menos pobres que Alemania y donde una familia podía vivir dignamente con seis pesos por día. Esa fue la matriz: mentir para gobernar.

El INDEC se convirtió entonces en una oficina de propaganda. No medía la economía; la maquillaba. No informaba a la sociedad; la anestesiaba. El objetivo era claro: ocultar los efectos devastadores de la emisión descontrolada, el déficit crónico y el saqueo sistemático al sector privado. En ese esquema, la inflación no era un problema a resolver, sino un dato a esconder. Y cuando la realidad amenazaba con romper el relato, se la falsificaba.

Ese patrón no es una rareza argentina. Es una constante del estatismo. Como advirtió Ludwig von Mises, cuando el Estado interviene la economía, necesita intervenir también la información. La planificación central no puede convivir con datos honestos, porque los datos honestos revelan su fracaso. Por eso el control de las estadísticas es siempre el paso siguiente al control de los mercados.

Con la llegada de Javier Milei al poder, ese engranaje se rompió. Y ahí empezó el escándalo. De repente, el índice de inflación empezó a bajar de manera sostenida. No por arte de magia, sino porque se cortó la emisión, se ordenaron las cuentas y se desarmó la máquina de destrucción monetaria. La inflación pasó de niveles cercanos al 300% anual a registros en torno al 30%. El mundo lo reconoció. Los mercados lo validaron. Los datos lo confirmaron.

Pero el kirchnerismo reaccionó como siempre: acusando a otros de lo que ellos hicieron.

Primero dijeron que el nuevo gobierno “iba a truchar el índice” al anunciar un cambio metodológico. Cuando se explicó que la actualización era necesaria para reflejar mejor los patrones de consumo reales, gritaron fraude. Luego, cuando se decidió mantener la metodología vigente hasta consolidar el proceso de desinflación, volvieron a gritar fraude. No importaba la decisión. Lo único constante era la acusación. Porque no discuten métodos: discuten la pérdida de control.

Esto no es un debate técnico. Es un reflejo psicológico del poder autoritario. El estatista no puede concebir que alguien tenga poder y no lo use para manipular. Por eso proyecta. Por eso acusa. Por eso grita “intervención” cuando ve reglas, previsibilidad y consistencia. Como explicaba Murray Rothbard, el socialismo no solo fracasa económicamente: corrompe moralmente, porque normaliza la mentira como herramienta política.

La diferencia central entre el viejo régimen kirchnerista y el actual gobierno libertario no está en un índice puntual. Está en el principio rector. Antes, las estadísticas se adaptaban a la narrativa. Hoy, la política se adapta a los datos. Antes, el Estado fabricaba números para justificar su voracidad. Hoy, los números exponen al Estado y lo obligan a achicarse. Eso es lo que no perdonan.

Por eso hablan de “manoseo” del INDEC quienes lo prostituyeron durante años. Por eso denuncian “fraude” quienes persiguieron consultoras privadas. Por eso se escandalizan con la transparencia quienes construyeron poder sobre la falsificación sistemática. No están defendiendo una metodología: están defendiendo un modo de dominación.

La inflación no es solo un fenómeno económico. Es un impuesto encubierto, profundamente regresivo, que destruye salarios, ahorros y contratos. Mentir sobre ella es una forma de violencia institucional. Y decir la verdad, en un país acostumbrado al engaño estatal, se vuelve un acto revolucionario.

Eso no es una discusión técnica. Es el fin de una era. Y por primera vez en décadas, los números dejan de servir al poder y vuelven a servir a la verdad.


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