Vamos a empezar por el principio. ¿Puede un país que parecía condenado a una crisis hiper inflacionaria, con una deuda semi defaulteada y un Banco Central casi fundido convertirse en dos años en una pieza codiciada por los principales inversores del mundo? Puede, pero no por casualidad. Con un tornado mediante, que arrasa con burocracia, gasto público improductivo y leyes inéditas para una Argentina oxidada, está siendo posible.
Tal vez, la dimensión del cambio cuesta apreciarla desde la cercanía, pero no pasa desapercibida para un mundo anquilosado y ávido de oportunidades de negocios. Y, como sin “riks no hay profits”, todo lo que ha jugado a favor hasta acá, y que se consolida para lo que resta de este auspicioso 2026, tiene un inevitable costado negativo implícito en la duda de un futuro relativamente cercano: ¿quérrán los argentinos seguir apostando en 2027 al crecimiento y al progreso sostenido aceptando los desafíos que implican abrazar las reglas del mercado y soltar las falsas ilusiones de protección de un estado presente que casi nunca está cuando realmente lo necesitan?
Allí reside probablemente el mayor dilema de la sustentabilidad de este nuevo modelo, que a largo plazo no genera dudas pero que impone desafíos en lo inmediato. Viabilizar el cambio también implica resignar algo del tan arraigado gen igualitario del ser argentino, que nos posicionó discursivamente como una sociedad progresista en el último siglo, pero nos condenó sin piedad a un estancamiento que resignó sistemáticamente oportunidades de crecimiento a manos de la mayor parte de nuestros vecinos latinoamericanos.
Hagamos un recorrido rápido de estos dos años de gobierno. Lo primero que hizo Javier Milei fue montar un plan de estabilización fiscal, cambiario y monetario consistente y creíble que logró resultados bastante inmediatos: la inflación mensual se redujo del 25% al 2,5%, el superávit fiscal se cristalizó muy rápidamente con una brutal reducción del gasto público cercana al 30% y el tipo de cambio logró transitar en valores bastante estables en términos reales, aún con posterioridad a la salida del cepo y a pesar de la dolarización de carteras más brutal de la historia argentina entre junio y octubre del 2025, cercana al 50% del circulante y los depósitos bancarios.
Ah, pero entonces, seguramente lo hizo “pisando” el dólar y sacrificando tanto la competitividad como la actividad de la economía. Veamos qué nos dice la IA acerca de esto para los últimos 30 años:

No sólo parece que, cuando el tipo de cambio se estabiliza, la producción crece, sino que además no estamos hoy ni de cerca con un tipo de cambio real bajo. Promediar un tasa de cambio en épocas de cepo con otra en años de libertad para calcular un supuesto dólar más representativo de las últimas décadas es una falacia que se puede permitir la ciencia estadística pero no la ciencia económica responsable.
Rápidamente vendrán los jinetes del apocalipsis a decirnos que tal vez este nuevo modelo no paralice la actividad económica, pero que la concentre en unos pocos sectores dinámicos y privilegiados, expulsando a una gran cantidad de gente a la pobreza y la indigencia.
Volvimos a preguntarle por esto a la IA, y esto fue lo que nos reprodujo en base a las datos oficiales del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos:

Lejos de eso, en estos dos años la tasa de pobreza medida de la misma forma que hace décadas baja de manera significativa. Buena parte de esa baja se explica porque la estabilización macro facilitó que los precios de los alimentos crecieran muy por debajo de la inflación general y por una política social muy eficiente, tanto en términos del valor monetario asegurado como en la eliminación de “burocracias en los movimientos sociales”, que drenaban buena parte de los recursos que debían dirigirse directamente a las personas vulnerables.
Ahora bien, ¿alcanzaba con un proceso de estabilización exitoso para transformar las expectativas de un país que se había dedicado durante dos décadas a arruinar su reputación en materia de cumplimiento de sus compromisos y el respeto a la propiedad privada?








