Algo extraño está ocurriendo alrededor de la inteligencia artificial. Algunos de los hombres que más saben sobre ella —y que compiten por llevarla cada vez más lejos— han comenzado a advertirnos que quizá haya que frenar.
Jacob Coxon, un ingeniero que pasó por Anthropic y OpenAI, renunció y publicó en X que las grandes empresas están apostando con vidas humanas en su carrera hacia la superinteligencia y que la tecnología podría acabar con la raza humana en diez años. Dario Amodei, CEO de Anthropic, publicó un ensayo pidiendo reducir la velocidad. Altman y Musk aplaudieron la advertencia. Mientras tanto, vecinos resisten la instalación de centros de datos y sindicatos temen por los empleos.
Hace doscientos años, otros trabajadores miraban una máquina nueva y llegaban a una conclusión parecida: había que detenerla antes de que fuera demasiado tarde. Los llamamos luditas.
La comparación es incómoda, pero justamente por eso vale la pena hacerla. No porque sepamos que la inteligencia artificial terminará como terminó el telar mecánico. No lo sabemos. El problema es exactamente ese: no lo sabemos. Y, sin embargo, ya estamos discutiendo cuánto poder deberíamos entregar a alguien para decidir por todos nosotros a qué velocidad puede avanzar.
Lo que pide Amodei
El ensayo de Amodei no es el texto de un catastrofista ni de un charlatán. Es el texto del hombre que construye la tecnología, que dice creer que la inteligencia artificial puede curar la mayoría de las grandes enfermedades en los próximos cinco a diez años, que cuenta que su padre murió de una enfermedad que se curó pocos años después y que él mismo sobrevivió a un cáncer que hace medio siglo no tenía tratamiento. Nadie puede acusarlo de no ver los beneficios.
Lo que propone se llama “marcar el paso de la frontera”. No detener el entrenamiento de modelos sino ralentizar la velocidad a la que mejoran sus capacidades. Y propone tres pasos: evaluadores externos dentro de las empresas al estilo de los supervisores bancarios; coordinación entre las empresas de los países democráticos para fijar estándares comunes y límites a la velocidad del progreso no controlado, lo que exige que el gobierno conceda exenciones a las leyes antimonopolio; y, finalmente, coordinación global con China.
Lo que lo convenció, dice, fueron dos cosas: que los modelos ya ayudan a construir la siguiente generación de modelos, y un incidente en el que agentes de OpenAI atacaron sistemas de Hugging Face sin que nadie se lo pidiera. Concede que en ese incidente nadie salió herido y el daño económico fue mínimo, pero advierte que en seis a doce meses un enjambre parecido podría tomar el control de todo internet.
Es un argumento serio. Y la respuesta empieza por una pregunta que el propio ensayo deja abierta: ¿cómo sabe?









