El socialismo del siglo XXI dejó presos, exilio y terror institucional.
No hay discusión técnica posible ni matiz ideológico que valga: lo que está en juego es una definición moral. Mientras una parte del continente empieza a sacarse de encima el yugo del socialismo del Siglo XXI, otra —la de siempre— sigue defendiendo lo indefendible, relativizando el horror y apostando al fracaso ajeno como estrategia política. No es una desviación coyuntural. Está en su ADN.
El socialismo del siglo XXI no dejó “modelos alternativos” ni “experiencias populares”. Dejó presos políticos, exilio masivo y terror institucional. Dejó Estados convertidos en aparatos de control, economías devastadas y sociedades quebradas. Venezuela es el ejemplo más brutal y, a la vez, el espejo que el kirchnerismo se niega a mirar. El Helicoide, con más de 850 presos políticos, es la ESMA del chavismo: tortura, persecución, desapariciones, presos de conciencia y un régimen que convirtió al Estado en una maquinaria criminal. Eso fue lo que durante años justificaron, minimizaron o directamente aplaudieron desde Buenos Aires. Lo hicieron en nombre de una supuesta “soberanía popular” mientras millones de venezolanos huían del hambre, la represión y el miedo.
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Por eso, la captura de Nicolás Maduro no es un hecho aislado ni un episodio más del tablero político regional. Es un cambio de paradigma. Es la señal de que el continente empieza a cerrar una etapa de miseria planificada, exilio masivo y terror institucional. Es el principio del fin de una narrativa que durante dos décadas romantizó dictaduras mientras demonizaba democracias imperfectas pero libres. Se empieza a caer el velo del relato. Y cuando el relato se cae, queda expuesta la responsabilidad moral de quienes callaron, relativizaron o miraron para otro lado.
Frente a eso, no hay neutralidad posible. El que calla, otorga. El que relativiza, es cómplice. Y el kirchnerismo vuelve a quedar, una vez más, del lado incorrecto de la historia. No por error, sino por convicción. No por desconocimiento, sino por afinidad ideológica. Su silencio nunca fue prudencia: fue cálculo. Su tibieza nunca fue equilibrio: fue complicidad.
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Mientras tanto, la libertad avanza. En la Argentina, el modelo de la libertad deja de ser una promesa abstracta y empieza a traducirse en hechos concretos. En 2025, la presión impositiva fue la más baja de los últimos veinte años: 21,4% del PBI, muy lejos del infame 26,1% de 2015. Ese alivio fiscal no quedó en el papel: se reflejó en más confianza, más ahorro y más inversión. No por casualidad, los depósitos privados cerraron el año en 36.681 millones de dólares, con un crecimiento del 160% desde que asumió Javier Milei. A la par, el Banco Central fortaleció reservas mediante un REPO por USD 3.000 millones, asegurando el pago de la deuda y haciendo llorar a los agoreros del caos que siguen gritando y negando la evidencia.
Ese mismo cambio de clima se ve en la temporada turística más exitosa de los últimos 25 años. Está siendo un éxito sin necesidad de “Previaje”, “Plan Platita” ni anabólicos fiscales: sólo estabilidad, previsibilidad y reglas claras. También, la obra pública dejó de ser sinónimo de corrupción: la infraestructura vuelve sin bolsos ni cuadernos, con la concesión privada de rutas estratégicas del Mercosur, 9.000 kilómetros sin subsidios ni maquinita. Y en el sector energético, la producción nuclear alcanzó un récord histórico por segundo año consecutivo. Un país normal. Con reglas claras. Con un Estado limitado.
Y eso es, precisamente, lo que más les molesta a la oposición. Les molesta que se pague la deuda. Les molesta que haya estabilidad. Les molesta que Venezuela sea libre. Les molesta que Argentina salga del pozo populista. Porque su poder siempre dependió del caos, la mentira y el miedo. Necesitan crisis para existir. Necesitan pobreza para administrar. Necesitan relato para ocultar el fracaso.
Hoy el dilema es claro y no admite grises. Libertad o decadencia. Orden o saqueo. Ver la realidad o seguir militando la mentira. La historia ya empezó a escribir su veredicto. Y esta vez, no hay lugar para los cómplices.