Hace pocas semanas, en la Florida International University, expuse ante académicos, analistas y funcionarios especializados en defensa y seguridad hemisférica una idea que define el momento que vivimos: el extremo sur del continente es nuestro punto de partida.
Lo planteé como lectura estratégica de un escenario global que se ha transformado de manera profunda y duradera.
El mundo ha cambiado. Y ha cambiado la naturaleza misma de las amenazas que los Estados deben enfrentar. Hoy convivimos con la competencia estructural entre grandes potencias, con amenazas híbridas que difuminan los límites entre paz y guerra, con actores transnacionales que operan en los márgenes del sistema interestatal, y con disputas tecnológicas que redefinen la correlación de fuerzas a una velocidad inédita.
Ese es el diagnóstico que comparten hoy los principales foros de defensa y seguridad internacional. Y desde allí debe construir la Argentina su posición.
Un escenario que cambia las preguntas
Durante décadas, el debate sobre defensa en nuestro país giró, con razón, en torno al rol del poder militar en un Estado democrático. Fue una discusión necesaria, que dejó marcos legales e institucionales valiosos. Pero ese debate pertenece al tiempo que lo generó.
Las preguntas que hoy nos plantea el mundo son otras.
¿Cómo proteger la infraestructura energética crítica —Vaca Muerta, los gasoductos, las plataformas offshore— frente a amenazas estatales, paraestatales o criminales? ¿Cómo garantizar la soberanía en el Atlántico Sur y en la Antártida en plena competencia global por recursos estratégicos? ¿Cómo enfrentar operaciones de influencia, ciberataques y redes híbridas con instrumentos diseñados para otra clase de conflictos?
Son los escenarios que gestionan hoy los ministerios de defensa de los países que tomamos como referencia. Y son los escenarios para los que la Argentina debe estar preparada.










