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La Argentina eligió volver a estar del lado correcto de la historia

La Argentina eligió volver a estar del lado correcto de la historia
El Presidente Javier Milei en Naciones Unidas.
Imagen de Pablo Quirno
porPablo Quirno
Opinión

Se redefinió la política exterior con principios claros, alianzas estratégicas y una diplomacia económica orientada a recuperar previsibilidad, prestigio y protagonismo global.

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La Argentina dejó atrás una política exterior sin dirección ni carácter. Hoy volvió a actuar en el mundo como una Nación que sabe quién es, qué defiende y hacia dónde quiere ir. En el gobierno del Presidente Javier Milei, el posicionamiento internacional del país no se improvisa, no se acomoda según la conveniencia del día ni se negocia en la penumbra. Surge de una visión expuesta con claridad desde la campaña presidencial y es ejecutada hoy con pragmatismo, coherencia y convicción.

El Presidente lo dijo cuando era candidato y lo sostuvo luego en los principales foros internacionales. La Argentina debía volver a pararse sobre principios claros. Libertad, vida, propiedad privada, comercio, defensa de Occidente, soberanía nacional y rechazo a toda burocracia internacional que pretenda colocarse por encima de los Estados para imponerles a los ciudadanos del mundo un modo de vivir determinado. Ese era el rumbo anunciado. Ese es el rumbo que hoy llevamos adelante.

Esa coherencia sorprende a muchos. Durante años, el mundo escuchó a la política argentina prometer una cosa y hacer otra. En esta etapa ocurre lo contrario. Hacemos exactamente lo que dijimos que íbamos a hacer. Esa frase, tan simple, tiene una enorme fuerza política. En un sistema internacional saturado de ambigüedad, la previsibilidad se convierte en poder.

La Cancillería tiene una responsabilidad concreta. Transformar la visión del Presidente en acción internacional. Convertir principios en alianzas, alianzas en acuerdos, acuerdos en oportunidades y oportunidades en inversión, exportaciones y empleo. La política exterior no flota por encima de la realidad nacional. Es el espejo externo de una Argentina que ordena su economía, recupera autoridad moral y vuelve a mirar el futuro con ambición.

Alianzas sin ambigüedad

El Presidente Milei definió desde el primer día una orientación estratégica nítida. La Argentina debía fortalecer su relación con los Estados Unidos y con Israel. No por afinidades transitorias ni por especulación diplomática, sino como expresión de una convergencia profunda de valores, intereses y una misma comprensión del mundo.

Con los Estados Unidos existe una complementariedad evidente. La Argentina posee recursos estratégicos, energía, alimentos, minerales críticos, talento y capacidad productiva. Estados Unidos cuenta con capital, tecnología, financiamiento, escala y una lectura hemisférica que vuelve cada vez más relevante la seguridad de las cadenas de suministro. Esa relación ya avanza con instrumentos concretos.

El Acuerdo de Comercio e Inversiones Recíprocas, el memorándum sobre minerales críticos, el trabajo con EXIM Bank y DFC, y la participación argentina en el Escudo de las Américas y en la Junta de la Paz muestran una relación con densidad política, económica y estratégica.

Lo mismo ocurre con Israel. Compartimos innovación, seguridad, tecnología y defensa de las sociedades libres frente al terrorismo. También compartimos una convicción moral. La Argentina conoce en carne propia el costo del terrorismo internacional. Lo sufrió en la Embajada de Israel y en la AMIA. Lo volvió a sentir el 7 de octubre, cuando ciudadanos argentinos fueron asesinados y secuestrados por Hamas.

Por eso nuestra posición no admite matices. La Argentina declaró como organizaciones terroristas a la Guardia Revolucionaria Islámica, la Fuerza Quds, Hezbollah y Hamas, con su inscripción en el Registro Público de Personas y Entidades Vinculadas a Actos de Terrorismo y su Financiamiento. También declaró persona non grata al encargado de negocios de Irán. Frente al terrorismo, nuestro país dejó de habitar la comodidad de los grises. Tomó posición. Y tomar posición, en estos tiempos, también construye prestigio.

Esa misma decisión se expresa en la Presidencia argentina de la Alianza Internacional para la Memoria del Holocausto. No asumimos esa responsabilidad para ocupar un lugar simbólico, sino para impulsar una política activa contra el antisemitismo, la banalización del odio y la indiferencia frente al terror. La Argentina quiere liderar en América Latina una agenda de memoria, educación y defensa de la verdad histórica. Una nación que sabe identificar el horror también sabe defender el futuro.

Liderazgo regional desde el ejemplo

La nueva orientación internacional también tiene impacto regional. Liderar no significa dar lecciones desde un púlpito. Significa mostrar un camino con hechos. Significa ordenar la economía, defender principios, fortalecer alianzas y actuar con claridad ante las dictaduras, el terrorismo y las amenazas a la libertad.

La Argentina no se calla frente a los regímenes que violan derechos, persiguen ciudadanos y convierten al Estado en instrumento de opresión. Nuestra voz en la región se apoya en una convicción simple. La libertad no puede defenderse a media voz. Por eso condenamos con claridad la dictadura venezolana y apoyamos las acciones orientadas a que Nicolás Maduro responda ante la justicia por los crímenes y violaciones sistemáticas cometidas por su régimen.

En ese sentido, la relación estratégica con Estados Unidos e Israel refuerza una posición hemisférica más clara, más firme y más consistente. La Argentina decidió abandonar la ambigüedad frente al autoritarismo y volver a ejercer liderazgo desde la claridad moral, la coherencia política y la defensa activa de la libertad.

Ese posicionamiento también fortalece nuestra capacidad de construir confianza y cooperación regional sobre nuevas bases. En un continente que durante demasiado tiempo naturalizó la ambigüedad frente al autoritarismo, la Argentina decidió recuperar claridad conceptual y dirección estratégica. Esa definición no nos aísla.

Nos vuelve previsibles. Y en un escenario internacional fragmentado, la previsibilidad política también se transforma en un activo de liderazgo.

Además, el nuevo escenario global obliga a América Latina a revisar su lugar en las cadenas de abastecimiento, en la seguridad energética y en la competencia por inversiones estratégicas. La región tiene recursos, alimentos, energía y minerales críticos. Lo que necesita es estabilidad, coordinación y una visión más ambiciosa sobre su papel en el mundo. Allí la Argentina busca ocupar un lugar activo, impulsando una integración vinculada a infraestructura, comercio, logística y producción real.

También desarrollamos una agenda regional práctica. Con Chile buscamos profundizar la integración energética, minera, logística y productiva. La cordillera no debe separar capacidades, debe multiplicarlas. Con Paraguay consolidamos una relación de confianza, coordinación y afinidad.

Con Uruguay, Brasil y el resto del Mercosur trabajamos para que el bloque deje de ser una estructura defensiva y vuelva a ser una herramienta de inserción. La región necesita menos consignas y más resultados.

Diplomacia económica para competir

El reposicionamiento internacional no puede entenderse sin el cambio interno. La política exterior del Presidente Milei refleja una Argentina que decidió dejar de administrar decadencia. El equilibrio fiscal, la reducción del gasto, la desregulación, la eliminación de distorsiones y la defensa de la propiedad privada no son temas domésticos aislados. Son la base de nuestra credibilidad externa.

Un país desordenado no puede pedir confianza. Un país sin estabilidad no puede exigir inversión de largo plazo. Por eso el orden macroeconómico es también una herramienta de política exterior. La solvencia interna se traduce en autoridad externa.

Desde la Cancillería trabajamos para que ese orden se convierta en más mercados, más inversiones y más oportunidades para el sector privado argentino. La diplomacia económica ocupa el centro de nuestra gestión. Abrir mercados, reducir barreras, acompañar empresas, facilitar financiamiento, promover inversiones y conectar demanda internacional con oferta argentina son tareas concretas. La representación exterior debe servir para que una PyME venda más, una economía regional escale y una inversión encuentre destino.

La agenda comercial muestra ese cambio. Durante años, la Argentina comerciaba con una red de acuerdos que cubría cerca del 10% del PBI global. Con el acuerdo Mercosur-Unión Europea, el avance con EFTA, Singapur y la agenda con Estados Unidos, esa cobertura se acerca al 30%. Nuestro objetivo es llevarla hacia el 50% mediante negociaciones con Canadá, India, Vietnam, Japón, mercados asiáticos y socios de Medio Oriente.

En este objetivo, el acuerdo Mercosur-Unión Europea no es una abstracción. Ya empieza a mostrar resultados concretos. La venta de miel de Concordia con arancel cero expresa, en escala humana, el sentido profundo de la apertura. Un acuerdo comercial sirve cuando cambia la vida de quien produce, exporta y compite. La Argentina no le tiene miedo al desafío. Quiere competir, crecer y volver a pesar en las cadenas globales.

La gran oportunidad geopolítica

El mundo atraviesa una etapa de tensiones y reordenamientos. Las guerras, las disputas tecnológicas, la competencia por minerales críticos, la vulnerabilidad de rutas marítimas y los riesgos sobre el Estrecho de Ormuz modifican la economía global. La seguridad de suministro dejó de ser un asunto técnico. Hoy forma parte del núcleo duro de la seguridad nacional de los países.

En ese escenario, la Argentina tiene una oportunidad histórica. Pocos países pueden ofrecer al mismo tiempo energía, alimentos, minerales críticos, talento, estabilidad geopolítica relativa y una política exterior alineada con las democracias occidentales.

Esa combinación nos permite posicionarnos en un lugar distinto. No como espectadores de la reorganización global, sino como proveedores confiables de aquello que el mundo necesita para producir, crecer y sostener estabilidad.

Vaca Muerta está transformando el mapa energético argentino. La minería, con litio, cobre, oro, plata y uranio, nos ubica en el centro de la transición energética y de la seguridad económica occidental. La agroindustria nos permite contribuir a la seguridad alimentaria global. La economía del conocimiento agrega innovación, servicios, talento y capacidad exportadora. La Argentina tiene recursos de escala. Ahora empieza a tener reglas para convertirlos en verdaderos activos económicos.

El RIGI ocupa un lugar decisivo en esa transformación. Ya existen proyectos aprobados por montos cercanos a los 30.000 millones de dólares y una cartera en evaluación que se aproxima a los 100.000 millones. Cuando hay previsibilidad, el capital responde. Cuando hay estabilidad, los proyectos se ordenan. Cuando hay visión de largo plazo, los recursos dejan de ser promesa y se convierten en producción.

Esa oportunidad ya dialoga con el mundo. La Argentina se prepara para exportar energía al mercado alemán. Emiratos Árabes Unidos mira a nuestro país como un socio energético capaz de aportar diversificación y previsibilidad. Empresas de Estados Unidos, Europa, Israel y la región observan sectores que hasta hace poco quedaban atrapados por la incertidumbre. La diferencia no está solo en los recursos. Está en la decisión política de volverlos disponibles bajo reglas claras.

Multilateralismo con soberanía

Nuestra política exterior también se expresa en los organismos internacionales. La Argentina no rechaza la cooperación. Rechaza la pretensión de ciertas burocracias de sustituir la voluntad soberana de las naciones.

Los organismos deben cumplir su mandato esencial, rendir cuentas, concentrarse en resultados y respetar el principio de subsidiariedad. La cooperación sirve cuando ayuda a resolver problemas reales. Deja de servir cuando se convierte en maquinaria de agendas que nadie votó.

Esa mirada guía nuestra actuación en Naciones Unidas y, especialmente, en el Consejo de Seguridad. La Argentina sostiene una voz clara ante las amenazas a la paz y a la seguridad internacionales. En materia de libre navegación, lo hemos dicho sin rodeos. Cuando una vía estratégica como el Estrecho de Ormuz queda bajo amenaza, no solo se afecta una ruta comercial. Se pone en riesgo un principio esencial del orden internacional.

La Argentina no permanece neutral frente a la ilegalidad. No relativiza el terrorismo. No confunde diálogo con indulgencia. Cree en un multilateralismo que proteja la paz, no en un multilateralismo que administre excusas. Esta posición no implica resignar soberanía. Implica ejercerla.

Malvinas, Atlántico Sur y Antártida

Hay una dimensión de nuestra política exterior que atraviesa generaciones y coyunturas. La Cuestión de las Islas Malvinas es un reclamo legítimo, permanente e irrenunciable de la República Argentina. El Presidente Milei lo reiteró con claridad ante Naciones Unidas y en cada conmemoración vinculada a nuestros veteranos y caídos.

La Argentina mantiene su vocación de diálogo y solución pacífica, conforme a la Resolución 2065 de la Asamblea General de las Naciones Unidas y las resoluciones posteriores.

Esa disposición al diálogo no significa pasividad. El Reino Unido debe retomar las negociaciones bilaterales. La persistencia de una situación colonial en el Atlántico Sur resulta incompatible con el derecho internacional y con los llamados reiterados de la comunidad internacional.

También rechazamos las acciones unilaterales que pretenden explotar recursos naturales en áreas bajo disputa, como la pretendida decisión final de inversión vinculada al yacimiento Sea Lion por parte de Rockhopper Exploration Plc y Navitas Petroleum Development and Production Limited, que son contrarias a la Resolución 31/49 de la Asamblea General y al derecho internacional, incluida la Convención del Derecho del Mar.

Malvinas forma parte de una mirada más amplia. Somos un país bicontinental, marítimo y antártico. Nuestra presencia ininterrumpida en la Antártida desde 1904, nuestro compromiso con el Sistema del Tratado Antártico, nuestras bases, nuestra ciencia, nuestra logística y nuestra proyección desde Ushuaia integran una política de Estado que define identidad y futuro. El Atlántico Sur, las Islas Malvinas y la Antártida no son capítulos separados. Son un mismo mapa estratégico y una misma responsabilidad nacional.

El lugar que elegimos

La pregunta sobre qué lugar quiere ocupar la Argentina de Milei en el mundo tiene una respuesta clara. Queremos ser un país libre, soberano, confiable, occidental, competitivo y próspero. Un país que no se esconde detrás de la excusa de culpas ajenas. Un país que no usa el pasado como coartada. Un país que ordena su casa, defiende sus principios y sale al mundo a competir.

Ese reposicionamiento tiene una conducción política evidente. El Presidente Milei vio antes que muchos que la Argentina necesitaba un giro profundo. No un ajuste de superficie. Un cambio de paradigma. La Cancillería tiene la tarea de proyectar ese cambio hacia el mundo y de convertirlo en resultados concretos. Esa es mi responsabilidad y ese es el mandato que guía cada decisión.

Lo que sorprende a los críticos no es solo el rumbo. Es la coherencia. Durante años se acostumbraron a gobiernos que decían una cosa y hacían otra. Ahora la Argentina dice lo que cree y hace lo que dijo. Esa transparencia no solo sorprende. Descoloca.

La Argentina volvió a elegir el lado correcto de la historia. Del lado de la libertad, de Occidente, de quienes producen, comercian, invierten, innovan y defienden la vida frente al terror. Del lado de los que entienden que la prosperidad no se mendiga, se construye.

El país está en movimiento. Recupera ambición, prestigio y horizonte. Y cuando una nación vuelve a ponerse de pie con una dirección clara, la historia deja de ser una carga y se convierte en una posibilidad.

La Argentina será próspera porque decidió volver a ser seria. Será respetada porque volvió a respetarse. Y será protagonista porque, por primera vez en mucho tiempo, hace exactamente lo que dijo que iba a hacer.

Pablo Quirno es Ministro de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto de la República Argentina.


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