Empecemos por lo que no está en discusión: España fue justa y clara campeona. La Gazzetta dello Sport lo resumió en un número —veinte remates contra dos— y lo llamó “una de las victorias más merecidas de una final del mundo”. Tiene razón. Argentina jugó un partido pobre, sin daños en ofensiva, y recién pateó al arco a los 117 minutos. Todo eso es cierto, y lo dijimos nosotros primero: lo reconoció Scaloni al pie del campo, que pidió “ser grandes en la derrota”. Y lo fuimos, sin que un solo argentino saliera a gritar robo ni a jurar que merecíamos ganar. Ese punto está saldado.
El que no está saldado es otro. Lo que llegó después del pitazo final no fue crítica deportiva: fue una fiesta. La prensa “agradeció a España por salvar el fútbol”; un diario croata decretó que “los argentinos llegaron a la final por accidente y se portaron de forma vergonzosa”; otros hablaron de “matones de Buenos Aires”, de “delincuentes”, de “criminales”, y la prensa española remató con un “no existen, hoy era de 4-0”. La FIFA abrió expediente. No era análisis: era un ajuste de cuentas. Una cosa es criticar un mal partido; otra muy distinta es el festín con que medio planeta se sirvió la derrota argentina.
Y quizá allí esté la primera pista. El psicólogo evolutivo Mark van Vugt lo recordó antes de la final: un Mundial no moviliza amor por el fútbol, sino instintos antiquísimos de tribu, estatus y coalición, y por eso “una derrota puede sentirse como una humillación nacional”. Cuando el rechazo excede con largueza lo que ocurrió en noventa minutos, es sensato preguntarse si el blanco no era el resultado, sino aquello que el equipo encarna.
La envidia como motor del resentimiento
El motor de ese festín tiene un nombre viejo: envidia, la alegría por el mal ajeno. Es el más tonto de los pecados: los demás al menos dan algún placer; el envidioso solo se intoxica con su propio veneno —bebe el cianuro brindando “por el otro”, y el único que cae es él—. Es lo que Nietzsche llamó resentimiento: la incapacidad de quien no puede igualar al mejor de hacer otra cosa que declararlo culpable.
Conviene entender por qué ese veneno hoy circula con tanta facilidad. Fue siempre un instinto propio de comunidades pequeñas: Helmut Schoeck mostró que toda sociedad desarrolló mecanismos para contenerlo, porque sin ese freno la cooperación termina erosionándose. La diferencia es que hoy vivimos en una aldea global, donde millones de desconocidos compiten y se observan sin ninguno de esos límites. El instinto permanece; desapareció el vecino que lo moderaba.
Lo que lo civiliza no es negarlo, sino encauzarlo: reglas claras, un árbitro cuyo fallo se acata aunque duela, el imperio de la ley. El fútbol, decía Orwell, es “la guerra sin los disparos”; es lo que Hayek llamó el orden extenso, que no suprime la rivalidad sino que la vuelve fértil en vez de sangrienta.
Es, además, un equipo de esfuerzo y de mérito, sin atajos. Lionel Messi tiene 39 años: podría estar disfrutando de su fortuna y de sus hijos, y eligió una vez más el sacrificio y la exposición a la crítica. No es casual que la carta más lúcida sobre esta Selección no la haya escrito un periodista deportivo, sino Esteban Bullrich, que hace años libra su batalla contra la ELA: no agradeció el resultado, sino los valores. “Las batallas más importantes no siempre se ganan —escribió—; algunas simplemente se libran con dignidad.” Y la dignidad es, punto por punto, lo contrario del resentimiento.
Ahí está la respuesta, o al menos su parte más honesta: creyentes que no esconden su fe, hijos y nietos que honran a los suyos, trabajadores que llegaron por mérito y no por cuota ni por relato. Todo eso —la familia, la fe, la patria, el mérito, la gratitud— es justamente el catálogo de lo que cierto progresismo enseñó a despreciar durante décadas. Es difícil no advertir que el juicio excede con creces cómo se jugó esa noche.
Del fútbol al cuestionamiento contra la Argentina
Se la acusó, incluso, de racista: un equipo “demasiado blanco”. La objeción difícilmente resiste un examen histórico. Argentina tuvo esclavitud —como toda América—, pero la desarmó tempranísimo: decretó la libertad de vientres en 1813, medio siglo antes de que Estados Unidos aboliera la suya, y la abolición plena quedó escrita en la Constitución de 1853. Que hoy haya pocos afroargentinos responde a la demografía —inmigración, guerras, epidemias, integración—, no a un plan de “borrado”. Y pierde toda fuerza frente a un país que ofrece hospital y universidad gratuitos a inmigrantes de todos sus vecinos.
El reproche, en el fondo, no baja de una superioridad moral: baja de una decadencia. Buena parte de Occidente —Europa a la cabeza— hace años que administra su ocaso: crece poco, no tiene hijos, regula más rápido de lo que compite y confía a burócratas y activistas la tarea de avergonzar a los ciudadanos de su historia. Es lo que Jonathan Haidt —un liberal, nada sospechoso de derechas— llamó la cultura de la víctima: aquella en la que el prestigio ya no se gana compitiendo, sino exhibiendo el propio agravio ante un árbitro moral.
El que se rindió detesta al que todavía pelea: un lugar así no admira al que se atreve, lo incomoda. Y nada lo irrita más que un país que, teniendo todo para hundirse, elige ponerse de pie.
Una Argentina que decidió dejar de avergonzarse
No parece casual que esa imagen haya terminado asociándose, además, con la Argentina surgida en diciembre de 2023. Más allá de que los jugadores jamás hagan política partidaria, el equipo quedó asociado a un país que volvió a hablar de mérito, esfuerzo, responsabilidad fiscal, orgullo nacional y libertad sin pedir permiso. Los mismos valores que irritan en la cancha irritan fuera de ella; por eso la animadversión es idéntica, y por eso no cede.
Durante semanas la teoría fue que el torneo estaba “arreglado” para que Messi volviera a salir campeón. Argentina perdió 1-0. Y, sin embargo, el desprecio no disminuyó: aumentó. Ninguna explicación deportiva sobrevive a ese dato.
La Selección dio la única respuesta posible: perdió de pie, sin excusas, felicitó al rival, agradeció a Dios, abrazó a sus familias y prometió volver. Quizá allí resida, precisamente, lo que a tantos les resulta insoportable, porque las derrotas pasan pero los símbolos permanecen: este equipo terminó siendo el de un país que decidió dejar de avergonzarse de sí mismo, uno que volvió a elegir el mérito antes que la victimización, el esfuerzo antes que la excusa, la gratitud antes que la queja, la familia antes que el individualismo y la libertad antes que la resignación. Porque cuando una derrota digna despierta más resentimiento que una victoria soberbia, queda claro que el problema nunca fue el fútbol.