El pasado 30 de agosto, Estados Unidos atacó con drones la isla iraní de Larak, en el estrecho de Ormuz, y destruyó dos lanzadores de cohetes que la Guardia Revolucionaria preparaba para sembrar minas navales en las rutas de navegación.
Desde Teherán calificaron la operación de "agresión terrorista" y respondieron golpeando bases estadounidenses en Jordania. Asimismo, entre el 1 y el 2 de septiembre, dos superpetroleros saudíes fueron alcanzados por proyectiles y otros dos chocaron contra minas.
El episodio se inscribe en una disputa que lleva seis meses y excede el plano militar. Por Ormuz circula cerca del 20% del comercio mundial de petróleo y una porción decisiva del gas natural licuado, mientras la capacidad de interrumpir el tránsito permanece en manos de una potencia hostil al orden occidental, como lo es Irán.
Estados Unidos e Irán.
El 1 de septiembre, el Comando Central reivindicó haber desviado 84 buques comerciales, inutilizado tres y abordado dos bajo el bloqueo a puertos iraníes.
En este escenario, resulta pertinente analizar cómo ha utilizado– a lo largo de la historia– el régimen iraní el estrecho como instrumento de presión, la secuencia de cierres y aperturas registrada desde 2025 y las implicancias energéticas que dicha coyuntura abre para la Argentina y para América.
Antecedentes: el estrecho como instrumento de presión
Con 161 kilómetros de largo y apenas 34 en su punto más angosto, Ormuz es el único acceso marítimo del Golfo Pérsico al océano abierto. La Administración de Información Energética de Estados Unidos registró en 2025 el tránsito de casi 15 millones de barriles diarios de crudo y ocho millones de productos refinados.
Durante décadas, Irán utilizó ese activo geográfico como amenaza y no como bloqueo. Lo invocó en 1988, durante la Operación Mantis Religiosa, y nuevamente entre 2011 y 2012.
En junio de 2019 derribó un dron estadounidense RQ-4A Global Hawk sobre el canal —Trump ordenó una represalia y la canceló horas después— y dos petroleros fueron dañados por minas lapa en el golfo de Omán. Cabe remarcar que en ninguno de esos casos el paso quedó cerrado.
Dicho patrón se repitió en junio de 2025. El día 21, siete bombarderos B-2 despegaron sin escalas desde Misuri y lanzaron catorce bombas antibúnker GBU-57 sobre Fordow y Natanz.
Al día siguiente, el Parlamento iraní recomendó cerrar el estrecho, aunque aquello nunca constituyó una decisión de Estado: el diputado y general Esmail Kosari admitió que "la decisión final recae en el Consejo Supremo de Seguridad Nacional". Irán atacó la base de Al Udeid en Qatar avisando de antemano, Trump proclamó el fin de la "guerra de los doce días" y el corredor siguió operativo.
Estrecho de Ormuz.
Furia Épica y el cierre efectivo del corredor
El escenario se modificó el 28 de febrero de 2026, cuando Estados Unidos e Israel ejecutaron la Operación Furia Épica y eliminaron al líder terrorista Alí Jamenei junto al ministro de Defensa y al jefe de la Guardia Revolucionaria.
La respuesta iraní consistió en el cierre efectivo del estrecho. Teherán nunca declaró un bloqueo formal —el derecho de paso en tránsito no puede suspenderse legalmente— y combinó advertencias por radio, abordajes, el ataque con drones al petrolero Athe Nova y la siembra de minas.
Las aseguradoras retiraron la cobertura y el tráfico se desplomó un 70%, por lo que Ormuz quedó técnicamente abierto y efectivamente cerrado: se contabilizaron apenas 77 tránsitos en las primeras semanas, frente a los cien diarios habituales.
Washington escaló en paralelo. Tras sucesivos ultimátums, el Presidente Trump publicó el 5 de abril: "¡Abran el maldito estrecho, malditos locos, o vivirán en el infierno!".
El Brent tocó los 119 dólares, una suba superior al 50% en un mes. Fracasadas las conversaciones de Islamabad, el 13 de abril Estados Unidos impuso su propio bloqueo naval sobre los puertos iraníes, con abordajes que alcanzaron los 3.200 kilómetros mar adentro.
Ataques en Teherán.
Treguas fallidas y la disputa por el libre tránsito
El 18 de junio ambos gobiernos firmaron en Suiza un memorándum que reabría el paso y daba sesenta días para negociar el programa nuclear. Irán aceptó el tránsito gratuito solo durante ese plazo y anunció peajes al estilo Suez o Panamá.
Trump replicó que no habría tarifas "salvo que las impongamos nosotros". Es evidente que un régimen que primero siembra minas y después pretende cobrar por levantarlas no está administrando una vía comercial, sino monetizando su propia capacidad de daño sobre una quinta parte del crudo mundial.
El plazo venció el 17 de agosto sin resultado. Días antes, el almirante Brad Cooper había anunciado la remoción de las minas y declarado las rutas operativas; setenta y dos horas después, Estados Unidos bombardeó nuevos lanzadores en Larak.
Cabe remarcar que el patrón se repite sin variantes: Teherán negocia cuando la presión militar se vuelve insostenible y vuelve a cerrar el paso apenas recupera margen. Pareciera que Irán no firmó un compromiso. Firmó una pausa táctica. ¿Y si el objetivo no fuera cerrar el estrecho, sino incidir sobre el precio del barril?
Estrecho de Ormuz.
Vaca Muerta y la autonomía energética del hemisferio
Ese escenario abre una oportunidad concreta para la Argentina. En 2022, con la invasión rusa a Ucrania, la suba de precios castigaba las reservas del Banco Central por el peso de las importaciones energéticas.
Hoy el país exporta 230.000 de los 760.000 barriles diarios que produce, y cada alza de diez dólares en el barril aporta entre 1.300 y 3.000 millones adicionales. De hecho, se proyecta que las ventas externas de petróleo pasen de 6.400 millones de dólares en 2025 a 9.400 millones.
El efecto agregado es mayor: el superávit energético trepó a 5.700 millones en 2024 y podría superar los 10.000 millones este año, mientras YPF calcula exportaciones por 350.000 millones entre 2030 y 2050 si se concretan las inversiones neuquinas.
Además, la ventana no se agota en el crudo; el desarrollo del gas licuado y de los proyectos de litio y cobre permitiría a la Argentina integrarse a las cadenas de suministro occidentales precisamente cuando Estados Unidos busca proveedores dentro del hemisferio.
Vaca Muerta.
Conclusión
Los pasos interoceánicos del continente —Panamá, Magallanes como ejes del tráfico, el Beagle, el Drake y el emergente paso del Noroeste— comparten una característica que Ormuz no tiene: están bajo la soberanía de América, y ninguna potencia ajena al hemisferio americano puede clausurarlos.
Bajo el principio de “América para los americanos”, Washington procura preservar esa condición. Seis meses de minas, bloqueos y treguas rotas muestran el precio de la alternativa: cuando el cuello de botella queda en manos de un actor hostil, el suministro deja de depender del mercado y pasa a depender de un cálculo militar.
El interés es mutuo. Un hemisferio capaz de abastecerse a sí mismo —del shale neuquino al gas licuado, el litio y el cobre— reduce la exposición de Estados Unidos a la extorsión de Oriente Medio y le permite a la Argentina integrarse a las cadenas occidentales en lugar de a las dominadas por Pekín.
¿Cuánto más pueden las economías occidentales confiar su abastecimiento a un estrecho que Teherán abre y cierra según su conveniencia militar? En Ormuz, cada apertura dura lo que tarda la próxima mina en estallar. En América, la ecuación se resuelve de Alaska a Tierra del Fuego.