La pobreza en la Argentina cayó al 27,5% en el tercer trimestre de 2025. No es un relato, no es un PowerPoint, no es una promesa electoral: es un dato construido sobre información del INDEC y proyectado por el Consejo Nacional de Coordinación de Políticas Sociales. La cifra implica una baja interanual de 10,8 puntos y una reducción de 27,3 puntos desde el inicio de la gestión de Javier Milei. En indigencia, el contraste es todavía más brutal: el kirchnerismo dejó 18,1% de personas que no comían todos los días; Milei lo bajó al 5,4%. Son millones de argentinos que salieron del infierno. Y aun así, el silencio es ensordecedor.
Medir pobreza e indigencia no es una obsesión tecnocrática: es el único indicador honesto para evaluar una gestión. Todo lo demás es humo. Y cuando esos indicadores bajan —y bajan fuerte—, algo estructural está pasando. Lo extraordinario es que ocurrió en pleno bombardeo político, mediático y sindical contra el plan económico y sin controles, regulaciones ni prohibiciones. Sólo con menos Estado y más mercado. Exactamente lo contrario a lo que predicó durante décadas la izquierda “nacional y popular”.
Por eso, y aquí entra en juego el principio de revelación, ningún dirigente social, ningún sindicalista y ninguna fuerza opositora celebró la baja de la pobreza. Tampoco felicitaron a la ministra Sandra Pettovello por la extraordinaria gestión al frente de Capital Humano. ¿Por qué? Porque la pobreza era su capital político. Sin pobres, no hay intermediación; sin miseria, no hay relato. La caída de casi 30 puntos desde el pico kirchnerista (57% a 27,5%) es una derrota moral para quienes hicieron de la dependencia un modelo de poder.
Pero la disminución de la pobreza también tiene que ver con la macro, aunque durante años nos dijeron que preocuparse por ella era una obsesión “neoliberal”, fría y ajena a la realidad social. La verdad es exactamente la inversa: sin orden macro no hay salario, no hay empleo y no hay inclusión posible. Los datos lo confirman. La actividad económica creció 5,3% interanual; el crecimiento acumulado de los primeros siete trimestres alcanza el 4,5%, el más alto en dos décadas. El consumo privado está en máximos de ocho años, señal inequívoca de recuperación del ingreso real. El empleo sumó 238 mil puestos en apenas doce meses, rompiendo la inercia de estancamiento que dejó el modelo anterior.








