Las sociedades suelen creer que el poder puede limitarse a sí mismo. Es una idea tranquilizadora. Consiste en imaginar que basta con dividir una misma estructura en distintas oficinas para que cada una controle a las demás. Sin embargo, la historia demuestra que los incentivos rara vez funcionan de esa manera. Quienes forman parte del poder suelen tener más intereses en común entre ellos que con los ciudadanos a quienes dicen representar.
El episodio ocurrido en el Palacio del Planalto volvió a poner esa cuestión sobre la mesa. Al finalizar un acto oficial, un micrófono abierto registró una conversación informal en la que el presidente Luiz Inácio Lula da Silva invitó al ministro del Supremo Tribunal Federal Alexandre de Moraes a tomar un café. El video, difundido por la propia transmisión oficial, se viralizó rápidamente debido al contexto político brasileño y a las tensiones que rodean tanto al Gobierno como al máximo tribunal.
El verdadero debate, sin embargo, no gira alrededor de un café. Gira alrededor de una pregunta mucho más profunda. ¿Puede el poder controlarse verdaderamente a sí mismo?










