Lula explicó en una frase cómo termina siempre el socialismo

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porJuan Gabriel Flores
Opinión

Volvió a mostrar la lógica de siempre: cuando el socialismo no puede ofrecer abundancia, convierte la resignación en virtud.

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El socialismo tiene una extraña habilidad para transformar sus fracasos en lecciones morales. Primero promete bienestar, igualdad y prosperidad para todos. Después, cuando la realidad empieza a achicar el menú, aparece el discurso de la austeridad popular, la sencillez y el sacrificio. Lo que antes era una promesa de abundancia termina convertido en una pedagogía de la escasez.

Luiz Inácio Lula da Silva acaba de ofrecer una síntesis perfecta de esa lógica. Durante un acto en Porto Alegre, dijo que, si no hay carne, se come huevo; y que, si tampoco hay huevo, queda el arroz con frijoles. La frase intentó presentarse como una apelación a su propia historia personal y a la cultura popular brasileña. Pero políticamente dice mucho más de lo que parece.

Porque un gobernante puede reaccionar de dos maneras frente a la escasez. Puede preguntarse cómo producir más, cómo atraer inversión, cómo eliminar trabas, cómo ampliar la oferta y cómo hacer que bienes antes caros se vuelvan accesibles para cada vez más personas. O puede empezar a explicarle al ciudadano qué debe resignar cuando no alcanza para todo.

La izquierda latinoamericana ha perfeccionado durante décadas esa segunda opción.

Cuando no puede garantizar crecimiento, transforma la austeridad en superioridad moral. Cuando no puede ofrecer más consumo, empieza a sospechar del consumo mismo. Cuando no logra expandir las posibilidades materiales de las personas, intenta convencerlas de que desear más era una desviación burguesa, individualista o consumista.

Ese es uno de los trucos más viejos del socialismo: convertir en virtud aquello que su propio modelo no consigue producir.

No importa si se trata de carne, energía, vivienda, autos, dólares o viajes. El mecanismo siempre se parece. Primero se promete que el Estado garantizará acceso para todos. Después aparecen restricciones, controles, faltantes, impuestos, regulaciones y discursos sobre la necesidad de “priorizar”. Finalmente, el ciudadano termina escuchando que debe adaptarse a una vida más pequeña por algún bien colectivo superior.

El capitalismo funciona exactamente al revés.

No le pregunta al pobre por qué quiere comer carne. Se pregunta cómo conseguir que la carne sea más abundante, más barata y más accesible. No sospecha de quien quiere mejorar su vivienda, viajar, comprar un auto o consumir mejores productos. Parte de la idea radical de que querer vivir mejor no es un pecado.

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Por eso el progreso capitalista se reconoce precisamente en aquello que ayer parecía un lujo y hoy puede convertirse en consumo masivo. Refrigeradores, celulares, vuelos, computadoras, alimentos variados, medicamentos y cientos de bienes que alguna vez estuvieron reservados a una minoría fueron expandiéndose porque empresas compitieron, invirtieron, innovaron y encontraron formas de producir más con menos.

El socialismo suele mirar ese proceso con desconfianza. Le incomoda que las personas tengan preferencias distintas, que quieran acumular, consumir, elegir y progresar por caminos que ningún burócrata diseñó. Por eso, cuando la escasez aparece, su reacción cultural casi nunca consiste en admitir que el modelo falló. Consiste en rebajar las expectativas.

Ahí es donde la frase de Lula deja de ser una anécdota gastronómica.

“Si no hay carne, come huevo. Si no hay huevo, come arroz y frijol” no es simplemente una recomendación sobre qué poner en el plato. Es una forma de pensar la política. El ciudadano debe aprender a acomodar sus deseos a lo que el sistema puede ofrecerle.

Y esa lógica explica buena parte de la historia socialista.

En lugar de construir una sociedad donde cada vez más personas puedan elegir entre carne, huevo, pescado o cualquier otra cosa, el poder termina administrando qué consumo debe considerarse razonable. Y siempre aparece algún intelectual dispuesto a convertir esa renuncia en una virtud moral.

El problema nunca sería que la gente tiene menos.

El problema sería que quiere demasiado.

Esa inversión moral es una de las razones por las que la izquierda puede sobrevivir incluso a sus propios fracasos. Si la realidad mejora, reclama el mérito. Si empeora, redefine qué significa vivir bien.

Así nunca pierde la discusión. Solo cambia el estándar.

Por eso la frase de Lula es tan reveladora. No porque comer arroz con frijoles tenga nada de malo. Millones de personas lo hacen por gusto, tradición o elección. El problema aparece cuando la política empieza a enseñarle al individuo que debe conformarse con eso porque aspirar a más resulta sospechoso o innecesario.

Una sociedad libre debería perseguir exactamente lo contrario.

Que quien hoy solo puede comer arroz mañana pueda comprar huevo. Que quien hoy compra huevo mañana pueda elegir carne. Y que nadie desde el poder le explique hasta dónde tiene permitido aspirar.

El capitalismo quiere que el pobre pueda comer carne. El socialismo termina enseñándole que querer carne era el problema.


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