Con tono académico y maquillaje de “debate plural”, la Fundación Friedrich Naumann Argentina y FOPEA (Foro de Periodismo Argentino) lanzan un evento titulado “¿Qué entendemos por libertad?”. Lejos de ser un espacio genuino para defender la libertad de expresión, el encuentro representa un intento más del progresismo institucional por cooptar el sentido de la palabra libertad y vaciarlo de contenido.
Pero lo más grave no es el título hipócrita, ni la retórica edulcorada, sino los personajes que lo protagonizan. Entre ellos, el ex juez de la Corte Suprema, Carlos Maqueda, ejemplo vivo de cómo la Justicia argentina fue capturada por el poder político durante décadas.
Maqueda: una carrera al servicio del poder de turno
Carlos Maqueda fue parte de la “renovación” kirchnerista de la Corte Suprema. Ingresó en 2002 gracias a un acuerdo político, sin concurso ni carrera judicial previa que lo legitimara. Su designación fue el resultado de una jugada clásica del viejo peronismo: meter a un amigo fiel en el máximo tribunal para garantizar obediencia. Y Maqueda cumplió. Durante los años más oscuros del kirchnerismo, mientras la Justicia se utilizaba para perseguir opositores, tapar escándalos de corrupción y garantizar impunidad, él se mantuvo en silencio.

Nunca denunció el avance del Ejecutivo sobre los jueces. Nunca dijo una palabra cuando el oficialismo usó la AFIP para apretar empresarios, cuando se hostigó a periodistas independientes, cuando se armaban causas para ensuciar al adversario político. Estuvo en el centro del poder judicial y no hizo nada. Ni una resolución de fondo, ni una disidencia digna de recuerdo. Su rol fue el del “acomodador” institucional: acomodar fallos, tiempos y silencios para no molestar a los que mandaban.
Fue también uno de los que más resistió la transparencia del sistema. Maqueda siempre se opuso a que se publiquen las declaraciones juradas de los jueces de la Corte. ¿Qué tenía que esconder? Tal vez el nepotismo: ubicó a familiares y allegados en cargos judiciales sin rendir concursos, como si la Justicia fuese una agencia de empleo personal.

Hoy, reciclado como referente “intelectual”, se presta a encabezar un evento donde se pretende dar lecciones sobre libertad, verdad y periodismo. Es un insulto a quienes luchan todos los días contra la censura, la persecución ideológica y el blindaje mediático de la casta.
FOPEA: silencio ante la censura, escándalos y complicidades
FOPEA, por su parte, no es ninguna organización inocente. Se presenta como defensora del periodismo independiente, pero en los hechos ha sido un aparato funcional al establishment progresista. Mientras se fundían medios, se cerraban voces críticas y se escrachaba a periodistas en redes sociales, FOPEA respondía con comunicados tibios —si es que respondía. Su defensa de la “libertad de expresión” es profundamente selectiva: sólo vale cuando el que habla repite sus dogmas ideológicos.
En vez de denunciar la censura, FOPEA decidió convertirse en guardián del relato oficial. Hablan de “discursos de odio”, de “bots” y de “manipulación digital” como si esas fueran las verdaderas amenazas a la libertad. Mientras tanto, jamás denunciaron cómo desde el Estado se operó contra medios disidentes, se usaron los organismos públicos para financiar medios militantes o se armaban campañas de desprestigio contra periodistas que se salían del libreto.









