En ese contexto, la desinformación no crea el problema: lo explota. Polarización política, desconfianza en los medios, crisis económica y desgaste institucional no son el resultado de una operación extranjera. Son el escenario previo que vuelve efectiva cualquier intervención. El poder no inventa las grietas, las utiliza. Y cuanto más profundas son, más fácil resulta amplificarlas. Durante años se subestimó la dimensión cultural de la política, como si todo se redujera a variables económicas o a eficiencia de gestión. Pero el poder también se disputa en el plano simbólico: en qué cree la gente, a quién le cree y bajo qué criterios interpreta la realidad. Si ese terreno se vuelve difuso, todo lo demás se vuelve inestable. Cuando la verdad se diluye, el poder se vuelve más fácil de ejercer.
Por eso, la respuesta no puede ser más control ni más censura. Porque ese camino reproduce el problema en lugar de resolverlo. Traslada la decisión sobre qué es verdad a una estructura de poder que, por definición, tiene incentivos para moldearla. La historia muestra que cuando el poder se arroga ese rol, la manipulación no desaparece: se institucionaliza. La única defensa sostenible no es un árbitro central que decida qué es verdadero, sino una sociedad más consciente de que la información también es un campo de disputa. La libertad no consiste en que alguien diga la verdad, sino en que nadie tenga el poder de imponerla.
En un mundo donde las potencias operan en múltiples planos, la Argentina no está afuera del tablero, pero tampoco es una víctima pasiva. El problema no es solo que existan operaciones externas. El problema es que cualquier sistema de poder necesita, en mayor o menor medida, construir legitimidad a través de narrativas. Y mientras eso no se entienda, la discusión va a seguir atrapada en la superficie. La guerra informativa no es una excepción. Es la forma en que el poder compite por ser creído. La pregunta, entonces, no es quién manipula. La pregunta es otra: quién tiene el poder de hacerlo y por qué estamos dispuestos a aceptarlo.