Mientras muchos siguen mirando la política como si fuera un tablero local, la realidad opera en otra dimensión. No es nueva, no es excepcional y, sobre todo, no es ajena. Lo que revelan los documentos sobre operaciones vinculadas al entorno de Rusia en Argentina no debería sorprender a nadie. No porque no sea grave, sino porque responde a una lógica más profunda y más incómoda: el poder necesita moldear la percepción para poder sostenerse. Reducir el fenómeno a una “injerencia externa” es quedarse en la superficie. Sí, hay actores internacionales que intervienen, hay estrategias de desinformación y hay operaciones diseñadas para influir. Pero el problema no empieza ahí. Empieza antes, en una premisa que rara vez se cuestiona: ningún poder político puede ejercer coerción de manera estable sin construir previamente una narrativa que lo legitime. No es debate. Es poder.
Ningún sistema de poder se sostiene solo con fuerza. Necesita ser creído. Necesita que una parte suficiente de la sociedad acepte como razonable lo que, en otras condiciones, sería visto como arbitrario. Por eso, la manipulación informativa no es una anomalía del sistema: es parte de su funcionamiento. Es el mecanismo a través del cual se construye aceptación, se reduce la resistencia y se naturaliza la intervención. La novedad no es que exista, sino el nivel de sofisticación con el que hoy se despliega. Financiamiento externo, generación de contenido, inserción en medios digitales y amplificación en redes no son improvisaciones, son arquitectura. Pero esa lógica no es patrimonio exclusivo de un país ni de un gobierno en particular. Es inherente a cualquier estructura que ejerza poder sobre otros. La propaganda no es un exceso. Es una necesidad del poder.
El foco en Rusia puede ser útil para entender el tablero geopolítico, pero también puede funcionar como una distracción cómoda. Permite señalar hacia afuera y evita mirar algo más incómodo: que la manipulación no es una anomalía importada, sino una práctica extendida. Todos los Estados, en mayor o menor medida, necesitan construir relatos. No porque todos operen de la misma manera ni con la misma intensidad, sino porque comparten una condición básica: requieren obediencia. Y la obediencia no se garantiza únicamente con coerción. Se construye con sentido, con justificación, con narrativa. Donde hay poder, hay relato. Por eso, el verdadero riesgo no es solo que existan operaciones externas, sino que encuentren terreno fértil. Y ese terreno no aparece de la nada. Se construye con el tiempo, en sociedades donde la confianza está erosionada, donde los incentivos políticos priorizan la confrontación y donde el ciudadano pierde referencias claras sobre qué es verdadero y qué no.








