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Rusia, “periodistas” y la guerra por el relato

Rusia, “periodistas” y la guerra por el relato
Rusia, “periodistas” y la guerra por el relato
porJuan Gabriel Flores
Opinión

Los documentos sobre operaciones vinculadas al entorno de Rusia en Argentina revelan cómo se fabrica legitimidad política.

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Mientras muchos siguen mirando la política como si fuera un tablero local, la realidad opera en otra dimensión. No es nueva, no es excepcional y, sobre todo, no es ajena. Lo que revelan los documentos sobre operaciones vinculadas al entorno de Rusia en Argentina no debería sorprender a nadie. No porque no sea grave, sino porque responde a una lógica más profunda y más incómoda: el poder necesita moldear la percepción para poder sostenerse. Reducir el fenómeno a una “injerencia externa” es quedarse en la superficie. Sí, hay actores internacionales que intervienen, hay estrategias de desinformación y hay operaciones diseñadas para influir. Pero el problema no empieza ahí. Empieza antes, en una premisa que rara vez se cuestiona: ningún poder político puede ejercer coerción de manera estable sin construir previamente una narrativa que lo legitime. No es debate. Es poder.

Ningún sistema de poder se sostiene solo con fuerza. Necesita ser creído. Necesita que una parte suficiente de la sociedad acepte como razonable lo que, en otras condiciones, sería visto como arbitrario. Por eso, la manipulación informativa no es una anomalía del sistema: es parte de su funcionamiento. Es el mecanismo a través del cual se construye aceptación, se reduce la resistencia y se naturaliza la intervención. La novedad no es que exista, sino el nivel de sofisticación con el que hoy se despliega. Financiamiento externo, generación de contenido, inserción en medios digitales y amplificación en redes no son improvisaciones, son arquitectura. Pero esa lógica no es patrimonio exclusivo de un país ni de un gobierno en particular. Es inherente a cualquier estructura que ejerza poder sobre otros. La propaganda no es un exceso. Es una necesidad del poder.

El foco en Rusia puede ser útil para entender el tablero geopolítico, pero también puede funcionar como una distracción cómoda. Permite señalar hacia afuera y evita mirar algo más incómodo: que la manipulación no es una anomalía importada, sino una práctica extendida. Todos los Estados, en mayor o menor medida, necesitan construir relatos. No porque todos operen de la misma manera ni con la misma intensidad, sino porque comparten una condición básica: requieren obediencia. Y la obediencia no se garantiza únicamente con coerción. Se construye con sentido, con justificación, con narrativa. Donde hay poder, hay relato. Por eso, el verdadero riesgo no es solo que existan operaciones externas, sino que encuentren terreno fértil. Y ese terreno no aparece de la nada. Se construye con el tiempo, en sociedades donde la confianza está erosionada, donde los incentivos políticos priorizan la confrontación y donde el ciudadano pierde referencias claras sobre qué es verdadero y qué no.

En ese contexto, la desinformación no crea el problema: lo explota. Polarización política, desconfianza en los medios, crisis económica y desgaste institucional no son el resultado de una operación extranjera. Son el escenario previo que vuelve efectiva cualquier intervención. El poder no inventa las grietas, las utiliza. Y cuanto más profundas son, más fácil resulta amplificarlas. Durante años se subestimó la dimensión cultural de la política, como si todo se redujera a variables económicas o a eficiencia de gestión. Pero el poder también se disputa en el plano simbólico: en qué cree la gente, a quién le cree y bajo qué criterios interpreta la realidad. Si ese terreno se vuelve difuso, todo lo demás se vuelve inestable. Cuando la verdad se diluye, el poder se vuelve más fácil de ejercer.

Por eso, la respuesta no puede ser más control ni más censura. Porque ese camino reproduce el problema en lugar de resolverlo. Traslada la decisión sobre qué es verdad a una estructura de poder que, por definición, tiene incentivos para moldearla. La historia muestra que cuando el poder se arroga ese rol, la manipulación no desaparece: se institucionaliza. La única defensa sostenible no es un árbitro central que decida qué es verdadero, sino una sociedad más consciente de que la información también es un campo de disputa. La libertad no consiste en que alguien diga la verdad, sino en que nadie tenga el poder de imponerla.

En un mundo donde las potencias operan en múltiples planos, la Argentina no está afuera del tablero, pero tampoco es una víctima pasiva. El problema no es solo que existan operaciones externas. El problema es que cualquier sistema de poder necesita, en mayor o menor medida, construir legitimidad a través de narrativas. Y mientras eso no se entienda, la discusión va a seguir atrapada en la superficie. La guerra informativa no es una excepción. Es la forma en que el poder compite por ser creído. La pregunta, entonces, no es quién manipula. La pregunta es otra: quién tiene el poder de hacerlo y por qué estamos dispuestos a aceptarlo.


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