La tradición de la Iglesia Católica recogida por el Símbolo Niceno-Constantinopolitano del año 381 y receptada milenios más tarde por el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) determinan los aspectos fundantes de la institución: Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana.
Este último, asociado de forma directa al Imperio Romano tanto de Occidente como de Oriente. Tras los sucesivos Cismas, la Iglesia Católica comenzó a reconocer determinados ritos, siendo el principal el rito Latino (u Occidental), profesado en el hemisferio homónimo. Por ello es dable afirmar que la Iglesia como institución ha moldeado la tradición de vida Occidental y su profundo marco de valores, constituyéndose en una suerte de heredera natural del Imperio Romano.
Ahora bien, si la institución encargada de velar por los valores que hicieron próspero a Occidente es encabezada por una persona que los cuestiona constantemente inclusive más allá de lo reflejado en las Santas Escrituras, ese marco de valores cruje y pierde fuerza frente a los avatares modernos del wokismo internacional y el fundamentalismo islámico muchas veces devenido en terrorismo, que no son sino formas evolucionadas de un único y tradicional mal mayor: el socialismo y la coartación de libertades.
Es por ello que una figura como el Cardenal Raymond Burke es la indicada para llevar a buen puerto la Nave de Pedro, Iglesia mandada a construir por el mismísimo Jesucristo cuando pronunció “[...] Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del reino de la muerte no prevalecerán contra ella” (Mt. 16:18).











