Existe una escena que la historia repite desde hace un siglo. Un intelectual occidental (bien alimentado, bien alojado, disfrutando de todas las libertades que su ideología pretende superar) visita un régimen revolucionario y regresa maravillado. André Gide a su vuelta de la URSS en 1936, Jean-Paul Sartre en Cuba en 1960, Jean-Luc Mélenchon (el líder de la France Insoumise, principal partido de izquierda en Francia) en Venezuela en 2013, calificando a Hugo Chávez de “gigante”.
Con cada generación tenemos la misma idolatría hacia los regímenes de extrema izquierda; y, cada vez, los políticos occidentales se aprovechan del desconocimiento que hay en sus países sobre esos regímenes para decir cualquier cosa y hacer creer que representan la utopía definitiva.
Pero, curiosamente, los lugareños, que viven esta utopía día a día, se muestran un poco menos entusiastas que nuestros moralistas occidentales…
Venezuela es un caso de manual, y en Francia, Jean-Luc Mélenchon no tolera criticas del régimen de su heroe Hugo Chávez. Sin entrar en detalles, Venezuela era, en 2001, el país más rico de América Latina por sus reservas petroleras. Veinte años de bolivarismo y el resultado es devastador, con una recesión económica increíble, una inflación monumental, o millones de refugiados. La utopía chavista ha producido, en proporción, más refugiados que la Siria en guerra. Es la realidad, pero la extrema-izquierda francesa lo califica de “fake news” y lloraron cuando se produjo el secuestro de Maduro.
Este mecanismo, que no es nuevo, fue anticipado por la filosofía. Karl Popper ya lo había descrito en 1945, en La sociedad abierta y sus enemigos, para el, la ingeniería utópica, al exigir la perfección, exige al mismo tiempo la eliminación de todo lo que la impide. El enemigo de la utopía deja de ser un adversario político para convertirse en un obstáculo moral (y con un obstáculo no se negocia para la izquierda, sino hay que luchar). Por eso cada intento de sociedad perfecta ha terminado engendrando una policía secreta y violencia.
Raymond Aron, por su parte, ya había diagnosticado en 1955, en El opio de los intelectuales, la fascinación de la izquierda francesa por el comunismo como una religión de sustitución. La misma certeza absoluta que vemos hoy, la misma resistencia a los hechos contrarios, el mismo desprecio por los herejes. Sartre le objetaba que las pruebas de los crímenes soviéticos no debían divulgarse… La utopía, estructuralmente, necesita la ignorancia para sobrevivir.
Cuando la extrema-izquierda Europea describe de forma novelada a los regímenes de izquierda bolivariana de América Latina, saben que con la distancia geográfica, la barrera lingüística y la complejidad de las situaciones locales pueden presentar una realidad falsa y alejada de la realidad de la población. En España, Podemos (cofundado por “académicos” vinculados al régimen chavista) formaba parte del gobierno.
En Francia, La France Insoumise mantiene vínculos documentados con Cuba y Venezuela, y su líder, Jean-Luc Mélenchon, es la principal figura de la izquierda en Francia y podría llegar a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales del año que viene.
Hannah Arendt había identificado el resorte profundo de esa fascinación: la ideología totalitaria ofrece lo que la democracia liberal es incapaz de dar, la certeza. En otras palabras, una explicación total del mundo, un enemigo claramente designado, un horizonte luminoso. Frente a la complejidad de la realidad, es una propuesta seductora, sobre todo para quienes no tienen que pagar su precio.
El siglo XX mató a cerca de 100 millones de personas en nombre de utopías de izquierda. El siglo XXI produjo Venezuela. El argumento de las izquierdas no ha cambiado, pero cada vez el balance de esas “experiencias” es el mismo: pobreza y violencia. Pero después de tantos años, siempre hay políticos en Europa que defienden esos regímenes mortíferos, en nombre de la lucha contra las desigualdades. Y, según ellos, te equivocas al contradecirlos, porque su amplitud de miras les permite comprender mejor que ellos mismos lo que viven esa realidad, sin tener que tomar un avión…