La justicia cordobesa elevó a juicio a Gabriela Nahir Fernández, un preso por abuso que se autopercibió mujer y fue trasladado a la cárcel de mujeres de Bouwer. Allí, reincidió y abusó sexualmente de varias internas y las contagió con sífilis, confirmando lo que era previsible desde el inicio. Lo que ocurrió fue la consecuencia directa de haber cedido a los caprichos ideológicos y no a la razón ni al sentido común.
El sistema penitenciario abrió sus puertas a un criminal disfrazado de mujer, ignorando el riesgo que corrían las verdaderas mujeres encarceladas. Este privilegio absurdo se justificó en nombre de la identidad autopercibida, pero las consecuencias las padecieron quienes no podían defenderse. Las autoridades eligieron mirar hacia otro lado, actuando como cómplices por omisión frente a un escenario que era fácilmente evitable.











