El regreso de Maxi López a la televisión argentina, tras sumarse al programa Sería Increíble del streaming Olga, parecía marcar una etapa distendida, alejada de los escándalos y centrada en una charla informal. Sin embargo, un intercambio liviano terminó revelando, una vez más, el funcionamiento aceitado de la corrección política y la censura moral que domina ciertos espacios mediáticos.
Todo ocurrió durante una pregunta lanzada en tono de broma por Nati Jota, quien le consultó al exfutbolista si besaría a un hombre. La escena, planteada como juego y empujada por el propio panel, dejó a López dudando mientras se lo presionaba para responder rápido, sin margen para pensar ni contextualizar.
En ese clima de provocación, el exjugador improvisó una respuesta y dijo que besaría a Flor de la V. Lejos de permitirle explicar lo que quiso decir o reconducir la charla con naturalidad, el panel optó por frenarlo en seco, marcarle el “error” en vivo de que no era un hombre, sino una "mujer" y colocarse en un pedestal de superioridad moral.
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“Por ahí no es”, fue la frase correctiva que funcionó como sentencia inmediata. No hubo intención de aclarar, sino de disciplinar.
¿Qué respondió Flor de la V?
Flor de la V se refirió al tema al comenzar su programa Los Profesionales de Siempre (El Nueve), con un tono irónico. “Acabo de poner un pie en Argentina y… ¿Maxi López estuvo hablando de mí también?”, lanzó, antes de bromear con su panel.
Luego de ver el clip completo, la conductora sorprendió al bajarle el tono a la polémica y diferenciar intención de agresión. Para ella, el comentario fue una humorada torpe, pero no maliciosa. “No creo que haya habido mala intención”, sostuvo, desmarcándose del discurso punitivo que ya dominaba redes y portales
"Pero lo que sí me pasa con estas situaciones es que vos lo ves y todos tratan de salir de ahí, pero para mí no tuvo mala intención. Yo lo veo con cero mala intención de decir nada malo. O sea, las chicas le dijeron que soy mujer y yo me identifico como mujer, así que...", sumó.
Su postura dejó en evidencia algo que el progresismo mediático evita admitir: no todo error es odio, ni toda frase desafortunada amerita una condena pública.