Los taxistas y remiseros volvieron a cortar calles en Córdoba bajo el argumento de exigir una regulación para las aplicaciones de transporte. Sin embargo, detrás del reclamo, se esconde la negativa a competir en igualdad de condiciones con un servicio más eficiente, transparente y accesible. Su resistencia es, en realidad, una maniobra corporativa para frenar la modernización del sistema.
El titular del sindicato, Miguel Arias, acusó a las plataformas de “depredar la actividad”, sin reconocer que los usuarios prefieren esas opciones por sus beneficios. Las apps ofrecen precios claros, geolocalización y calificación del conductor, ventajas que los taxis tradicionales nunca garantizaron. Su rentabilidad cayó, no por persecución, sino por falta de adaptación y mejores respuestas a las demandas.
Miguel Arias comparó la situación con la de Mendoza, donde la regulación permitió convivir a taxis y apps sin conflictos, y donde el servicio mejoró para los pasajeros. En Córdoba, en cambio, el gremio admite que “no queda ni el 30% de los taxis funcionando”, reflejo de un modelo agotado y una dirigencia que reniega de cualquier innovación.
Miguel Arias, secretario general del Sindicato de Peones de Taxi de Córdoba
Un reclamo sin sustento en tiempos de cambio
El discurso sindical intenta victimizar a los taxistas mientras ignora convenientemente de los beneficios sociales de las plataformas. Estas generan trabajo flexible, promueven la competencia y amplían la oferta de transporte urbano. En vez de adaptarse, el gremio recurre a la presión callejera y a la narrativa del “enemigo externo”, culpando al progreso por su propia decadencia.
Arias sostiene que los choferes de apps trabajan en condiciones precarias, pero omite que muchos taxistas tampoco tienen cobertura ni aportes. Además, las apps ofrecen mayor libertad horaria y control de ingresos, lo que atrae a conductores que escaparon del sistema sindical. La protesta no defiende derechos laborales: defiende un negocio cerrado que no admite competencia.
Las amenazas de continuar con las movilizaciones son una señal preocupante del poder extorsivo del sindicato. “Vamos a reclamar hasta donde la ley nos permita”, advirtió Arias, pero la sociedad ya eligió: los usuarios prefieren servicios modernos, confiables y sin coerción. La verdadera solución no está en frenar la innovación, sino en que los taxistas aprendan a competir.