El hecho de que el acumulado anual siga positivo se explica en gran medida por la inercia de los primeros meses del año, cuando la actividad aún venía beneficiada por el arrastre estadístico de 2024 y por algunos efectos precio favorables en el sector exportador.
Sin embargo, el dato de octubre rompe esa tendencia y sugiere que la fase expansiva podría estar agotándose.
Cuando el sector privado reduce gasto e inversión, la caída en la recaudación no es un “problema fiscal” en primer término, sino la consecuencia inevitable de una menor creación de riqueza real. Intentar compensar esa caída subiendo alícuotas o creando nuevos tributos suele agravar el problema: se extrae más recursos del mismo sector que ya está contrayéndose, reduciendo aún más el consumo y la inversión futura.
En economías pequeñas y abiertas como la uruguaya, la sostenibilidad del gasto público depende en última instancia de que el sector privado genere excedentes tributarios genuinos.
Cuando esos excedentes empiezan a menguar, como parece estar ocurriendo ahora, lo prudente es ajustar el gasto a la nueva realidad productiva en lugar de forzar una mayor extracción impositiva que termine profundizando la desaceleración.
La experiencia histórica muestra que los períodos de expansión fiscal financiados con presión tributaria creciente suelen terminar en correcciones más bruscas cuando la actividad real ya no puede sostenerlos.
El dato de octubre, por lo tanto, debería leerse menos como un “bache pasajero” y más como una advertencia temprana de que la capacidad de carga del sector privado está alcanzando sus límites.