El Banco Central nos quiere vender como innovación lo que en realidad es un grillete digital. Reflotan la idea de una “moneda digital”, como si Uruguay estuviera en la vanguardia del progreso. La verdad es mucho más siniestra: lo que se prepara es el sueño húmedo de todo burócrata, el Gran Hermano financiero con capacidad de vigilar hasta el último peso que gastemos.
Nos dicen que “hay que modernizarse”, que “en el mundo ya se prueba”. ¿Y desde cuándo copiamos a China como ejemplo de libertad? Allí el yuan digital ya se usa para premiar a los obedientes y castigar a los disidentes. Todo con el pretexto de la eficiencia. Lo que se viene es dinero que expira si no lo gastás rápido, cuentas congeladas si protestás demasiado, impuestos descontados al instante sin derecho a discutir. Orwell no lo habría imaginado mejor: el billete convertido en algoritmo y la libertad en ilusión.
El piloto del e-Peso en 2017 fue un fracaso, y con razón: nadie lo necesitaba. Pero como toda obsesión estatal, lo que fracasa se insiste hasta que cuaja. Y ahora lo revisten con palabras bonitas: “gobernanza”, “perspectiva fresca”, “mejores prácticas internacionales”. Palabrerío vacío para disfrazar lo que en el fondo es un simple asalto: el Estado metiendo la nariz en cada bolsillo, en cada feria, en cada café.









